Esperando al presidente

(Veracruz. Cien años de la gesta heroica de Veracruz: invasión estadounidense) 

(Veracruz. Cien años de la gesta heroica de Veracruz: invasión estadounidense)

A GIOVANNI LE DIJERON QUE SERÍA RÁPIDO. A su mamá, también; por eso ella aceptó dejarlo al rayo del sol. Su padre los convencióde que Giovanni aún no sabe comportarse en un evento oficial: está en esa etapa en la que es tan inquieto como un niño y tan histriónico como un adolescente. Pero el sol comenzó a vulnerar los cuerpos y Giovanni se abrió paso entre los oficiales y guardias presidenciales, entró a la carpa, subió las gradas y, chorreando en sudor, sorprendió a su madre. Habían pasado horas y el presidente aún no llegaba.

Bajo la carpa, el maquillaje de las invitadas se desvanecía por culpa del bochorno atrapado. La llovizna mañanera no se convirtió en lluvia y, como bien lo advirtió el taxista antes, “eso hace peor al calor”. La humedad estaba haciendo de las suyas. Casi medio centenar de abanicos se movían dócilmente para darle unos minutos más de vida al maquillaje. De vez en vez, los maridos acercaban sus caras a los hombros de sus esposas para recibir un poco del aire. Una anciana ofreció su abanico a su aún más anciano esposo, pero él se negó. Los abanicos son privilegio de las mujeres, y él y todos los uniformados —y quizás todos los hombres del mundo—se han resignado a aceptarlo.

Giovanni no había encontrado lugar. Tenía los pies en las gradas de invitados y la espalda recargada en las gradas para la prensa. Su cuerpo formaba un puente bajo el cual pasaba una y otra vez la responsable de Comunicación Social de la Marina. Era claro que la joven sufría. “Seguro no es de puerto”, dijo un almirante mientras veía las mejillas chapeadas y los ojos confundidos de la pobre mujer embutida en un traje sastre blanco de poliéster, camisa de manga larga sellada con una corbata. Cuando la oportunidad la llevaba junto a las bocinas y la lista de control de prensa, debajo de las gradas, aprovechaba para quitarse la gorra y abanicarse un poco. Sólo en ese momento se notaba que el sufrimiento era mayor: su pelo estaba mojado y de la orilla interna de la gorra escurría sudor.

La madre de Giovanni había dejado de escuchar las últimas noticias que se contaban las mujeres a su lado. Que si sus esposos habían sido comisionados a Salina Cruz, que si ya llevaban mucho tiempo en la Escuela Naval, que fulanita ya se mudó a Manzanillo, que perengana ya vive ahí porque sus hijos decidieron quedarse a estudiar la universidad. Ella les sonreía y asentía mientras tenía pegada la oreja al celular intentando una y otra vez llamar a su esposo para encontrarle un lugar a Giovanni. No lo logró y no lo lograría. Desde temprano, la señal de celular había sido bloqueada en el perímetro donde se movería el presidente. Aún así, no tenía el alcance deseado. A ella, que estaba más cerca de donde estaría el presidente, le afectaba; pero a un reportero de la grada de a lado, un poco más lejos, no.

Los helicópteros comenzaron a sobrevolar el puerto de Veracruz al amanecer. El equipo de avanzada de guardias presidenciales llegó una noche antes. Soldados y policías federales vigilaban las zonas por donde se movería el presidente, estaban en los camellones, en las banquetas, en los puentes.  El acceso a la Tercera Zona Naval fue cerrado y la parte más cercana del Boulevard Ávila Camacho parecía haber sido desalojada. Hombres vestidos de guayaberas y pantalón negro miraban a la cara a cada uno de los asistentes y lanzaban órdenes a los vigilantes de las rejas, que vestían de negro y que su semblante parecía decir que hasta secarse el sudor era un distractor.

Si la gente invitada para presenciar el desfile casi como lo vería el presidente (o para ver a sus hijos marchar por primera vez) quería conseguir un asiento, a pesar de tener boleto, tenía que llegar antes de las 10:30.  Marinos y militares hicieron cumplir a sus familias esa orden. Sus gradas estaban llenas a la hora citada y las sillas que les correspondían bajo la carpa donde estaban Giovanni y su mamá, también. Pero había asientos vacíos y Giovanni no podía sentarse en ninguno de ellos. Estaban apartados. Se leía: Diputado local, Gobierno federal, Gobierno del Estado. Casi todos se ocuparon más tarde, con un tiempo más adecuado de anticipación para un discurso que se esperaba a mediodía.

Llamaron a ocupar los asientos. La mamá de Giovanni hizo recorrer a dos personas para hacerle un espacio entre dos sillas. Giovanni la desobedeció y ocupó una silla de una hilera que quedó vacía: Gobierno del Estado. Frente a los invitados, separados por una calle y el mar, se observaban otras gradas ocupadas por cientos de elementos que llevaban horas bajo el sol, sentados y ensayando mosaicos precisos a la orden de un silbato para ilustrar los discursos y entretener al presidente y a los asistentes. Al menos, ellos estaban sentados. A sus espaldas, en un barco, montaban guardia unos 30 marinos sobreviviendo bajo uniformes blancos de poliéster, de cuello alto y manga larga. Inmóviles. Y ahí estuvieron antes de que los invitados llegaran.

Quitaron la música de danzón. De las bocinas se escuchó algo que pareció ser un programa de radio. Dijeron que a mediodía (en unos minutos), se entonaría el Himno Nacional para recordar a los caídos en la última defensa del puerto de Veracruz, hace 100 años. Se entiende que no importa dónde estés, que salgas de tu auto, de tu casa, de tu trabajo y cantes. Regresa la música. Se vuelve a ir. Una voz en micrófono dice que se guardará un minuto de silencio. Cierran el micrófono. Entra lo que debió ser música… pero se escucha la grabación de un cómico. Queda el planteamiento de lo que tiene pinta de ser un chiste y súbitamente apagan las bocinas. Ni radio, ni comedia, ni Himno. Se escucha el murmullo de la gente decepcionada por no saber en qué acaba el chiste. “A alguien lo van a regañar”, dice un almirante y un piloto y las señoras de enfrente le dan la razón. Ya es mediodía. Regresa el sonido del radio. Entra el Himno Nacional. Se empalma con ruido. Se deja de escuchar el radio. Hay silencio, pero no se sabe si es el minuto que se había pedido. Entra el Himno. Acaba. Algunos en las sillas se ríen. Giovanni se ríe y le grita a su mamá que ya se quiere ir. “El presidente aún no ha llegado”, le dice con cara de regaño.

La gente lo sabe. De las gradas salen mujeres que se encaminan a los baños. La gente en la carpa está parada y platica. Los cadetes están en posición “a discreción” y aprovechan para acomodar sus gorras aunque no puedan quitárselas. Parece que los cadetes militares sufren un poco más bajo el uniforme negro. Una mujer regresa después de un intento fallido al baño. Dice que no se meterá a esos saunas apestosos para sudar más. A estas alturas, los abanicos se agitan rápido con toda la intención de despegar las melenas del cuello de las mujeres. Los cabellos están fijados y húmedos por un refrescante e indeseable sudor. Giovanni está absorto en su celular. De la grada de prensa se escucha un grito. Y, aunque distrae a algunos, la mayoría no le hace caso… incluyendo el receptor.

“¡Ey! ¿Café mañana?”, grita un periodista a uno de los asistentes. Sólo se ve una cabeza que asiente y se incorpora de nuevo a la conversación. “¡Ey! ¡Te llamo!”, le grita a alguien más. Y así, en cada oportunidad, grita algún invitado que repentinamente se distrae. “¡Senador! Platicamos”. “Sí sí sí”, le dan por su lado. Uno le contesta, “¿ahora sí te importa? Nos tienes abandonados”. “Te veo en el Congreso”, le contesta uno. “¡Gobernador, gobernador! Lo veo esta semana”. Se sienta satisfecho al ver la mirada de que lo han reconocido y busca la mirada de sus otros compañeros. La mayoría ni siquiera le ha prestado atención, excepto una, a la que le comenta algo siempre que uno de sus gritos ha sido respondido y ve que lo observa.

Una señora pregunta a la mujer de a lado si es muy tarde como para ir al baño. Entonces, en el cielo, se ve un avión con un detalle rojo en la cola. “Es el avión presidencial, apenas va llegando”. Como si el avión fuese a aterrizar ahí, la señora se resigna a no ir al baño. Algunos comienzan a regresar a sus asientos, pero otros no lo han notado. Giovanni escucha, y sin dejar de mirar su celular, sugiere que alguien le avise al presidente que llegará una hora tarde.

Viene de la Ciudad de México, tuvo que recibir al jeque Mohammed Bin Rashid Al Maktoum, de los Emiratos Árabes Unidos y luego regresará porque tiene que estar en el homenaje a García Márquez. “Bueno, pero esto lleva planeándose un año”, dice la mamá de Giovanni cuando escucha que el presidente quizás está retrasado por culpa de “un árabe”. Un señora le dice que su marido la obligó a ir y que le prometió que no tardaría tanto. “¿Quién? ¿El presidente?”, pregunta la mamá de Giovanni. “No, el evento”, contesta la señora. Entonces, empiezan a hablar de lo molesto que es ir a los eventos oficiales, que se interponen en sus actividades diarias, que qué bueno que es en vacaciones porque, si no, llegarían ya tarde por sus hijos a la escuela, que eso de andar con vestido formal no es lo suyo aunque les encante ir de compras, que el maquillaje no está hecho para esos climas y una señora halaga la pulcritud del rostro de la mamá de Giovanni. Ella le agradece, le sonríe, pero no revela el secreto de ese maquillaje tan bien logrado y conservado.

Ha llegado el presidente con una hora de retraso. Los invitados llevan ahí unas tres horas. Los cadetes, quizás cuatro. El grupo de avanzada, un día. Los preparativos, un año. El último acto heroico, un siglo. El puerto de Veracruz, 496 años. Piden apagar los celulares o ponerlos en modo silencio. La anciana oprime el botón equivocado y el timbre de su celular se activa, su anciano esposo le da un bastonazo en la bolsa y le ordena que apague el aparato. Giovanni está dormido.

 

 

 

Badú. Historia de un perro loco y de corazón redondo

Un soldado con antojo

— ¿Es en serio? ¿Tienes que hacer del baño AQUÍ? ¿No puedes aguantarte a que entremos al Estado (de México)?

— No, ya, me urge. No llego a la siguiente caseta, ni a la siguiente siguiente. Mucho menos al Estado.

— Pues ya qué, paremos aquí (Ecuadureo). Pero te apuras.

En la autopista Guadalajara-Atlacomulco a alguien le traicionó su vejiga. No hubo manera humana de convencerle de que se aguantara un par de horas. Nadie quería parar en Michoacán, porque apenas habían pasado dos días del asesinato del vicealmirante Ramonet en un camino externo entre la caseta de Ecuadureo y la de Churintzio. Es incómodo transitar entre camionetas que circulan con las placas ocultas, camionetas destartaladas con paquetes mal envueltos en sus cajuelas abiertas, camiones de carga con cerdos apilados en cuatro niveles, camiones de transporte de personal militar en su límite de cupo, patrullas de la PF que te que rebasan y sedanes lentos por el exceso de peso. Pero a esa vejiga poco le importó en qué lugar nos hizo parar.

Al entrar a una de las bahías de estacionamiento de la alianza Subway-O2 que cubre casi todos los puntos de descanso en Michoacán, el conductor dudó dónde estacionarse. Al quedarse ahí, en la entrada, detenido, logró la atención de todos los soldados que viajaban en dos camiones de transporte de personal y dos ambulancias. Todos miraron al conductor y al copiloto. Todos recargaron su mano en sus armas.

— ¡Caray! ¿Qué esperas? ¡Ya, estaciónate!

Cuando nos detuvimos, ya algunos soldados se habían recargado a un lado de uno de los camiones, parecía que querían mirarnos bien. Un par de enfermeras, vestidas como soldados, ayudaban a una mujer a bajar de una de las ambulancias. La mujer vestía una bata de hospital vieja y azul y unos Crocs rosa fucsia que rompían con el monocromatismo del camuflaje. Un limpiaparabrisas nos preguntó si limpiaba el auto y, con toda la desconfianza, me quedé ahí, para “vigilarlo”. Por supuesto, quien nos hizo parar ya estaba en el baño.

Enfrente de mí, había soldados estirando las piernas, soldados tronándose el cuello, soldados vigilando y vigilándonos, soldados comiendo chatarra, soldados que no querían asolearse y preferían quedarse en el camión. Uno de esos prendió su grabadora que, con un estruendo semejante a banda norteña, rompió con la relativa tranquilidad de la parada. Digo semejante porque no alcancé a escucharlo, su compañero de a lado le dio un manotazo, le gritó un “¡SH!” y le ordenó que apagara la grabadora. Ellos me miraban y yo como que los miraba porque quería vigilar al limpiaparabrisas.

Por fin, cuando me aseguré de que el limpiaparabrisas no había anotado nuestras placas, no revisó lo que dejamos dentro de la camioneta y los seguros estaban puestos, aproveché para ir al O2 (algo así como un Oxxo). Allí había un soldado, rondando entre los estantes, abriendo los refrigeradores, tomando bolsas de papas, de chocolates y devolviéndolos a su lugar. Un compañero lo seguía y lo apuraba.

Entré al baño, ahí estaban las dos enfermeras vestidas de soldado esperando a la señora de la bata azul. Platicaban. Una, la más joven, le contaba a la otra que le comisionaron en Michoacán. La otra, una mujer de facciones rudas, le decía que ella sólo iba de ida-vuelta, que entró a las 7 pero que iba en la ambulancia por si tenían que hacer una intervención venosa. La más joven, como sin querer saber de la vida de la otra, como queriendo desahogarse, le contesta: “yo no quiero venir a Michoacán”. La otra la mira como si no hubiese escuchado nada, “lo bueno es que regreso mañana”.

Al salir, el soldado que paseaba entre los estantes estaba platicando con el vendedor. Su compañero se veía desesperado. Tomé un chocolate y me formé atrás de él y su arma.

— Es que tengo antojo y no sé de qué –dijo el soldado mientras tomaba distintas chatarras, miraba la envoltura, los volteaba y los regresaba.

El vendedor pide que se haga a un lado para cobrarme. Salgo del O2 y un soldado cuyo único rasgo que distinguí fueron unos ojos verdes, me intenta saludar, pero se traba, se le va la voz. Uno de sus compañeros se burla de él. Veo que en la autopista pasa otro camión militar, en él van dos soldados cuidando un enorme refrigerador de Pepsi que va junto a la cabina y sin asegurar.

Regreso al auto, abro mi chocolate y todos los soldados empiezan a regresar a los camiones: las dos enfermeras, el de ojos verdes, el que esperaba en la tienda, los que se estiraban. Veo al soldado de la tienda regresar hasta el final, feliz. Lo apura uno de sus compañeros. Cuando pasa a mi lado, me muestra un chocolate como el mío y rápido me dice algo como “es que tenía antojo”. Así como nosotros estábamos ahí por una vejiga, me hizo pensar que ahí estaban unos 40 soldados por un chocolate…

Presentando a… Yo NO voy a la Condesa

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A INICIOS DE MAYO comencé un nuevo proyecto personal: Yo NO voy a la Condesa. Un blog dedicado a sugerencias para comer y beber en zonas de la Ciudad de México menos de moda que la famosísima colonia Condesa, o Polanco, o la Zona Rosa.

En mi primer post, un chico me comentaba que cuál era mi problema con los pequeños empresarios de la Condesa… pues  ninguno. Este blog es una apuesta para darle la oportunidad a otros microempresarios, dado que muchas revistas de vida y estilo se concentran en demasía en las zonas que mencioné.

En Yo NO voy a la Condesa apostamos por esos lugares pequeños, poco o nada ostentosos, que tienen ese toque que qué sé yo que los hace especiales. Mi principal zona de acción es el sur del DF. En cada post hablamos de la experiencia, el precio, el servicio, lo único, los alrededores y, especialmente de qué tan veggie friendly es. Dado que soy vegetariana y muy pocas veces me permito los frutti di mare, también cuenta con la maravillosa colaboración del devorador Memo Olicón.

Ojalá este proyecto siga creciendo🙂.
http://yonovoyalacondesa.wordpress.com/

La belleza del dolor (Día Nacional del Pole Urbano)

Todas las presentes tenemos moretones visibles. Nos vemos cada uno de los golpes y nos sonreímos comprensivas.

Le dije a una chica que casi no me gusta llevar las piernas descubiertas porque las manchas verdosas y violetas siempre saltan a la vista. Ella me mostró sus golpes. Recordamos los que hemos tenido en los brazos, en las costillas, en la cadera… incontables. Y somos felices. Pocas veces hay tantas mujeres reunidas que tengan tantos golpes y estén tan sonrientes.

***

El moretón se porta como un trofeo.

***

“Vas”.

Frente a frente. La mano que acomoda toma el tubo. (Que quede sobre la cabeza). La otra queda debajo, a la altura de la cara. Jalan. Fuerte. Jalan el cuerpo y los pies se despegan del suelo. La cara mira sobre las manos. El cuerpo paralelo al tubo se queda un momento estático. La cadera se mueve a un lado. Se balancea el cuerpo. Uno, dos. Uno, dos, tres. Unodostrescuatro. Los que se necesiten. Los pies se lanzan al frente. La cadera hacia arriba.  Ahora la cabeza mira al suelo. Las manos permanecen en el mismo lugar. Las piernas abiertas, los pies en punta. Un momento. La foto.

“Ya hiciste V, ahora Escorpio”.

Una de las piernas engancha el tubo bajo la rodilla. Aprieta. Apunta. La otra pierna apunta hacia abajo y aprieta el tubo. Estira el cuello. Una de las manos se suelta. Cabildea la textura, estabilidad, fijación, seguridad del tubo. Y suelta la mano. El cuerpo queda colgado de la pierna, apoyado al tubo sólo entre la cadera y las costillas.

“Cristo”.

Las piernas se estiran. Enlazan el tubo. Lo aprietan fuerte con rodillas, muslo y toda la piel posible. Las manos que habían regresado al tubo están listas para soltarlo. Los ojos al suelo.

“Listo”.

Las manos regresan al tubo. Jalan el cuerpo. La cabeza ya hacia arriba. Las piernas bajan. Descanso. Sentada en el tubo. Foto. Las manos toman con fuerza nuevamente. Las piernas bajan lentamente. El cuerpo vuelve a estar paralelo al tubo. Bajar. Con delicadeza. Bella.

“Voy yo, ayúdame que voy a intentar…”

***

Así de fácil es el Pole Dance.

***

poledance

El pinino de una amiga

“Au, au, au, toma la foto”. Sonrisa. “¿Ya?”. Flash. “Au, au, au. Duele”. Sonrisa. Foto.

Encantadora.

Baja el cuerpo. La parte interna del brazo arde. La piel de la cintura está roja con puntos morados. La foto está impactante. Tendrá muchos likes en Facebook.

La foto: Ella sonríe. La cintura está recargada en el tubo. La parte interna del brazo de ese lado aprieta el tubo, poco debajo de la axila. Sostiene el pie. La otra mano hace lo mismo. Absolutamente nada del cuerpo toca el suelo. El único apoyo: la palanca que se hace al apretar el tubo con el brazo y la cintura. No más.

***

Esto es adictivo. Este bello dolor.

***

Mi turno.

Hasta lo más alto del tubo. ¿Seis metros? Quizás. Tanta altura hace feliz. No es tan fácil de encontrarla en un lugar techado.

Sentada. Las piernas abrazan el tubo. Descanso antes de hacer cualquier pirueta. Miro desde lo más alto, sobre el parque en medio de Coapa.

El primer día que fui a clase no pude cargarme. Al día siguiente desperté con un dolor de cuerpo que pocas veces había sentido. Consciente de cada músculo. Tardé mucho, mucho más, que mis compañeras en poder sentarme en el tubo sin gritar del dolor y querer bajarme de inmediato.

Pero no. Este dolor es bello… y lo bello, es adictivo. Y cuando lo bello lo hace tu cuerpo, siempre se busca más.

Lo último que queda

El sombrero de mi abuelo

El sombrero de mi abuelo

TARDÉ MUCHO EN LLORAR por ti –es un problema que tengo con la ausencia. Daba la vuelta a la última esquina para llegar a casa, esa casa de la que te hablamos pero nunca conociste. Vi el cielo. Sentí el viento. Me entristecí por la muerte de un árbol. Y, entonces, te extrañé.

Recordé que la última vez que nos vimos me leíste. O quizás leímos juntos. Dijiste A-ru-qui Mura-ca—-mi. Y empezamos a leer a partir de donde estaba mi separador. Sílaba por sílaba. Algunas varias páginas. (Recordé que eras un adulto, ya el padre de mi padre, cuando aprendiste a leer). Te conté del Fin del Mundo. Algo en esa historia te asombró. Me sonreíste, sin dientes. Y continuamos pasando las hojas hasta el anochecer.

Las campanas de la iglesia sonaron tres o cuatro veces. El azul cielo fue tragado por las montañas. Las velas ya no alumbraban nada. El foco incandescente perdía la batalla contra las estrellas y las aves contra los murciélagos. Ya no vimos más letras, miramos hacia arriba y descubrimos que el negro del cielo se convirtió en el contraste perfecto para dejarnos ver una nebulosa. Parados en la tierra, mi padre, tú y yo. El silencio del sueño ajeno nos dejó callados.

Yaba’ chhel… (1)

Tu sonrisa sin dientes. Tu mirada feliz cuando leíste. Fueron un dardo y comencé a llorar.

Padioxh xagolh. (2)

Quiero que sepas que hicimos todo lo que pudimos. Quiero que sepas que ya sabemos qué te pasó. Quiero que sepas que te extrañamos. Y quiero que sepas que te he soñado muchas veces perdiéndote en el bosque con tu andar lento. Tus pies resecos por la tierra enterrándose a cada paso.

Los primeros días estuve convencida de que habías decido caminar a la muerte por tu propia cuenta. Alguna vez me contaste que los ancianos, cuando se sentían cansados, tomaban un morral, metían un poco de comida y agua y se echaban a caminar. Y así te vi. Dándome la espalda –esa vieja espalda que siempre me rebasó en todos los montes—desapareciendo. Porque eso eres, abuelo, un desaparecido. Al desaparecido siempre se le piensa vivo y eso te va bien.

Iza to (3)

Hace un año, te fuiste.  Hace un año recibimos una llamada. Tu hijo fue a buscarte. Todos te buscamos. El clima era horrendo. El lodo arruinó los caminos del bosque. De ti no encontramos nada. Una tormenta no te había tomado por sorpresa en años y, por supuesto, ese día no fue la excepción. Sabemos que te arrebataron de nosotros. Sé que no te fuiste a ningún bosque porque sé que no estabas cansado de vivir.

Te extrañamos.

 

 

 

 

  1. Yaba’ chhel. En zapoteco cajón o villalteco, el más parecido al que hablaba mi abuelo, significa “cielo de noche”.
  2. Padioxh xagolh. La palabra “padioxh” se utiliza indistintamente en su comunidad para saludar a cualquier hora del día. Y, aunque no tan frecuente, para despedirse. “Xagolh”, significa “abuelo” y él se ponía muy feliz cuando le decía así con mi mal acento.
  3. Iza to. “Año uno”. Después de que aprendí algunas palabras, mi abuelo se esforzó para que yo aprendiera a contar. Con sus dedos resecos pasaba uno y otro dedo enseñándome “to, chope, shone, tapi, gayo’…”.
  4. Lo último que queda. “Caxhon” (cajón) es la forma en que se llaman algunos zapotecos de la zona más alta de la Sierra de Juárez.

Crónica de un (primer) chacaleo

Nota para no periodistas: Chacaleo es, en el argot periodístico, la acción en la que los reporteros abordan a un personaje público para hacerle preguntar y obtener una declaración.

Termina la conferencia. Todos de pie. Clap clap y felicitaciones. Clap clap y abrazos. Clap clap y todos le sonríen. Los invitados quieren tomarse una foto con él. Decenas de policías esperan en posición de firmes a que salga del salón. Pero no sale. Es más, han perdido de vista a su jefe. De repente, la brillosa calva pecosa que había estado en el podio resalta en medio de una multitud gracias a la luz de una cámara que no deja de apuntarle.

El susodicho: Manuel Mondragón y Kalb, Comisionado Nacional de Seguridad de México. Observo desde una silla. Me tomo el tiempo para guardar mis cosas y sopesar si debo, o no, ir hacia la multitud. Decido que siempre sí. Que, la verdad, el hombre no dio alguna buena declaración ni dijo nada nuevo en los minutos que tomó la palabra.

Me acerco hacia esos sujetos que, mientras todos estaban entre el clap clap y los abrazos, corrieron hacia los escalones por donde bajaría. Antes de que pudiera tomarse la foto con cualquier invitado, la horda de periodistas ya lo esperaban. Una pelea sin ganador por obtener el lugar más cercano. Los flashes rebotaban en la calva y arruinaba las fotos de los otros. La lámpara de una cámara le empequeñecían las pupilas, arrugaba las cejas y el movimiento se extendía por toda la piel de su calva.

Mondragón miraba hacia algún punto enfrente de él. Quizás sus ojos se enfocaban en el breve espacio de la intersección de la maraña de pelos de una reportera, la cámara de video de otro, el monopié de un fotógrafo cuya experiencia le permitía centrar el cuadro sin ver, la grabadora de cinta de algún veterano, la grabadora electrónica de algún joven y el iPhone de alguno con mala suerte o muy prevenido. Alguien susurraba una pregunta y él respondía sin mirar siquiera al entrevistador.

La horda ocupaba un metro de radio. Y allí, en la circunferencia, no escuchaba nada. No hallaba señal que me indicara si lo que sucedía en el centro podría servirme o no. Entonces entendí esa imagen de brazos extendidos y terminan casi metiendo la grabadora en la boca de los susodichos personajes. Saqué mi grabadora e hice lo mío: confié ciegamente en la tecnología.

El brazo se me entumía. El celular, en la otra mano, se resbalaba. El tuit no se publicaba. Mi pie sufría bajo el zapato de algún reportero. Y como nada llegaba a mis oídos, me dio tiempo de sentirme enana con mi 1.69 de estatura. Agradecí que el reportero de a lado usara loción. Noté que la mayoría apostaba por el gris Oxford para sus trajes. Me pregunté por qué una colega y amiga mía, Lizbeth Padilla, ama tanto los chacaleos, los extraña, realmente los disfruta. Pensé que, si yo alguna vez fuera “personaje”, los tendría prohibidos. Y quise decirle a Mondragón que tiene demasiadas pecas en la calva, con su piel tan blanca y delgada, debería tomar medidas para evitar el cáncer de piel… pero estudió Medicina, quizás ya lo pensó.

Cuando ya no sentía el brazo, cuando me dolía el hombro, cuando caí en cuenta de que era mi primer chacaleo –en cuatro años que llevo en el mundo periodístico—unos movimientos de las manos de sus guaruras apenas visibles para mí esparcieron a los reporteros.

Pero no era todo. Mientras los invitados, por fin, lograban tomarse una foto con el comisionado y los policías podían relajar su posición de firmes, los reporteros salieron del salón y se posicionaron para una segunda ronda.

Mondragón sube por unas escaleras eléctricas. Atrás de ellos, más cerca que sus propios guaruras: los reporteros. Tres fotógrafos deciden alcanzarlo en el siguiente piso y suben por la escalera que bajaba, un encargado de seguridad va tras ellos. Los fotógrafos llegan a tiempo para ponerse frente a él; el de seguridad, cae.

Y, entonces, llega lo peor. Todos miran hacia ese sujeto al que las cámaras y los reporteros en traje gris Oxford siguen. Mondragón entra a la sala de exhibición de Expo Seguridad. Los expositores extranjeros preguntan quién es. Nadie les hace caso. Los reporteros pisan los callos de los guaruras. Los fotógrafos se suben a sillas, mueven mamparas, caminan hacia atrás, pisan sin pedir disculpas, corren entre los stands de los expositores. Todos le gritan que voltee. Todos buscan el ángulo en el que estrecha la mano de un expositor. Se mantienen firmes, empujan al que tengan que empujar. Gritan a quien tengan que gritar. Y estorban a otros hasta cuando no es necesario.

Voy muy lejos de la horda, apenas para no perderlos de vista. Me adelanto un par de stands. Espero junto a un robot. Me coloco. Saco la cámara. Busco un ángulo en la que él aparezca interactuando con el robot. Se acerca el expositor. Me alegro por un momento porque tengo espacio suficiente para encuadrar: Mondragón, robot y expositor en la misma toma. Acerco. Enfoco. Calibro luces. Mi dedo comienza a presionar el disparador y ¡Zaz!

Una mano toma mi cabello y avienta mi cabeza a un lado. Siento el tirón hasta el cuello. La foto queda barrida. Busco al culpable. Un camarógrafo con lentes verdes apenas me ve de reojo. Lo miro con odio, verdadero odio. Quiero que sienta remordimiento, quiero que reflexione el resto de su vida que me jaló el cabello. Pero, sin inmutarse, me dice: “alzaré la cámara para que puedas agacharte”. Cuando lo hace, Mondragón se ha ido.

Muchos stands después. Con un ligero dolor de tobillos. Con el dedo en el disparador de la cámara (en Automático). Con muchos codazos, golpes de cámaras y preguntas hechas a gritos. Mondragón se despide bajo la luz del sol que se reflejaba en su calva y me hizo volver a preguntarme si había pensado en el cáncer de piel. Deja de contestar preguntas, pero los reporteros se quedan merodeando la zona. Los organizadores mueven las manos en son de shu shu fuera y nos sacan a todos de la sala de exhibiciones.

Todos se dirigen a la sala de prensa donde ofrecen un refrigerio. Nadie se pide disculpas por los golpes propiciados. No vuelvo a ver al camarógrafo de lentes verdes.