La música enjaulada: Inauguración del Cervantino 2008

Fecha:  Miércoles 8 de Octubre de 2008.

Lugar: Alhóndiga de las Granaditas en Guanajuato, Gto. México

¿Qué pasó? Inauguración del Festival Cervantino 2008, por Joan Manuel Serrat

Entrando a Guanajuato. Siete de la noche. El hombre bajó la mirada: placas del Distrito Federal. Hizo todo tipo de señas hasta que nos detuvimos. Preguntó si íbamos al Cervantino, con ese acento peculiar de la altiplano central. Sugirió, en tono de orden, que buscáramos inmediatamente hospedaje porque “todo estaba lleno”. Nos dio un mapa. Recorrió con su dedo el camino que deberíamos tomar si queríamos hospedaje, y, claro, por una pequeña cooperación “de unos treinta pesitos” podía llevarnos a un lugar con estacionamiento. Insistimos que sólo queríamos saber dónde estaba la Alhóndiga de Granaditas… ¡y ya! Pero él insistió en hoteles y estacionamientos. El plan era sencillo: ir al concierto de Joan-Manuel Serrat (inauguración del Festival Cervantino), merodear por los callejones, ver algunos eventos y encaminarnos en la madrugada a Aguascalientes. Lo único que obtuvimos del hombre de la entrada de la ciudad fue la seña de su dedo apuntando la Alhóndiga en el mapa: suficiente. El mapa nos hizo pensar que la ciudad era muy grande. Pero en poco tiempo y con tráfico llegamos a la zona alta. Las calles se hacían más angostas. Todo estaba lleno. Pako encontró un estacionamiento. Le preguntamos al franelero si había un espacio para nosotros. Nos dejó un huequito entre una coladera abierta y un muro. Treinta pesos. Frente a una escuela. Un lugar “muy seguro, que hasta cámara tiene”. Yo nunca vi la cámara. Sabíamos que había que bajar. Obviamente ya no estábamos en la zona turística porque no había indicaciones. Pako decidió seguir “a la banda”. Caminábamos por una calle principal, pero “la banda” se metió entre los callejones. Las casas no tendrían más de cinco metros de fachada, descuidadas, mal pintadas, altas y oscuras. Definitivamente no estábamos en una zona turística. Subimos por un callejón y tuvimos que bajar. “La banda” había desaparecido. Lo obvio era seguir bajando y llegar a una calle principal. Las piedras de los callejones estaban resbalosas. Dimos vuelta junto a un pequeñísimo terreno baldío. Los callejones se estrechaban más. Y nos encontramos con otro tipo de “banda”. Era un grupo de amigos que hacían comentarios que nos ponían nerviosos, ecos de comentarios burlones como “este lugar está bueno pa’asaltar y ni quién se dé cuenta”. Ubicamos una calle principal y dimos con un anuncio indicando la dirección hacia la Alhóndiga de Granaditas.

Cuando llegamos a la calle que desembocaba en la Alhóndiga, Pako confesó que le era intimidante la cantidad de policías y soldados caminando en la avenida. Se preguntaba qué tipo de evento y gente esperaban. Las luces rojas y azules iluminaban rostros que no se atrevían a ver directo a los ojos de los soldados. Pako continuaba observando las armas y los uniformes. La calle estaba cerrada. Tensión. Empecé a reír. Pako no dejaba de comentar y cuestionar la presencia de patrullas, polis y soldados. “Voltea”. “No, no quiero”. “Anda, voltea”. Pako a penas observó de reojo, pero no quiso averiguar lo que le señalaba: un soldado caminando en son de marcha a unos dos pasos atrás de nosotros con su arma a menos de un metro de nuestros inocentes cuerpos. “Si llegara a pasar algo, se va a poner grueso”. Pero era Serrat, no iba a pasar nada. No había tanta gente como esperábamos y ya era tarde. El muro de piedra vieja, iluminado en amarillo, imponía. La calle desembocó en la parte trasera. El escenario estaba cerrado. No había paso. La gente se acumulaba junto a las vallas tranquilamente. Me empeñé en querer ver y escuchar a Serrat. La gente en las gradas del escenario gritaba y aclamaba al aún no aparecido.

Habíamos hecho uso de nuestras habilidades conciertísticas y atravesamos sin problema entre la multitud. Pero, como quería verlo y escucharlo, salimos de ahí. Pensé en rodear la Alhóndiga y llegar de frente al escenario. Entonces, advertimos la pantalla. Serrat se acomodaba en su banquito. Vestía de negro. Casi no dirigía la mirada al público. Colocó su guitarra. Y comenzó. Abrió con el poema de Antonio Machado que él se ha encargado de popularizar, Cantares [osea el de “caminante no hay camino, gracias, Tirzo]. Diría que la magia de las cuerdas de la guitarra y los acordes del piano mitigaron todo tipo de ruido del público en gradas. La luna viéndome a la cara. El encanto sublime de una voz llena de palabras con sentido. La sensación de romance. La voz y los acordes limpios de musicalización compleja… Pero, NO fue así. Yo veía a Serrat, mucho más cercano que su público de enfrente, pero no escuchaba nada. Supe que era Caminante no hay camino por mera adivinación. Un chavo, golpe a golpe, se hacía camino entre el mar de gente. Perseguía su gloria, estaba drogado. Al andar se hacía camino y al volver la vista atrás veía la senda que no iba a recordar. Y verso a verso la gente murmuraba la canción con timidez. Quise salir de ahí. Yo quería escuchar a Serrat. Rodeamos la Alhóndiga. Observamos una fila de gente bien vestida de negro sobrio atrás del escenario con boleto en mano.

En la calle lateral, todo era diferente. Un niño se acercó ofreciendo hoteles baratos. Había puestos ambulantes de frituras, piratería y chácharas. Dimos la vuelta. Encontramos la calle que nos llevaría al concierto. La música de cumbias, salsas y banda daba una sensación de alegría frente al pasaje de accesorios alternativos: a donde todos podían pasar. Yo quería subir, la gente bajaba. Se veían desanimados. Volvimos a dar vuelta. La cumbia era más fuerte que la música de aquel poema. Imposible pasar. Sólo accedían reporteros y camarógrafos. Había más gente en las vallas. Parejitas sentadas alrededor. Las escaleras llenas de amigos que no tenían nada qué hacer. El umbral amarillo iluminaba a la gente que, aunque se mantuviera silenciosa, no podía sentirse encantada. Pako y yo nos sentamos junto a una pared, para intentar escuchar algo. Pero la música estaba enjaulada, exclusiva para el público que había pagado o había llegado temprano. Ni una nota de magia se escapaba para los que estábamos afuera. Pako y yo, nos fuimos de ahí con la gente que merodeaba. A buscar algo qué hacer en una noche de miércoles cultural para los que tuvieran boletos. Fuimos al pasaje, donde el sonido era más claro y no excluía a nadie.

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  1. Nomás una aclaración… la canción se llama “Cantares” =P Igual que el poemario de Machado del que Serrat sacó algunas estrofas para armar la canción.

    • lauyan
    • 12/02/09

    Gracias Tirzo!
    Corregido!! =)

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