Las noches después de Cabañas

DOS SEMANAS ANTES del “atentado” a Cabañas en el bar “Bar”, salí de un antro pasadas las cuatro de la mañana en la colonia Roma. Un antro chiquito, cuyo nombre no recuerdo y sólo sospeché que era gay. Donde jamás me pidieron identificación, tampoco me revisaron la bolsa ni nada y no había salida de emergencia más que la entrada. Creo que la única ley que se cumplía era la de no fumar.

Sin estar conscientes de la hora, salimos del antro. Me sentí haciendo algo completamente clandestino cuando nos abrieron la pequeña puerta de la lámina corrediza. Afuera: las luces de la entrada apagadas, gente comiendo hot-dogs, varios enfrentando el frío con el valor que sólo el alcohol puede dar.

Tomamos Insurgentes hacia el sur. La escena no era distinta: gente saliendo de lugares oscuros y por pequeñas puertas. Tampoco estoy diciendo que salieran manadas de borrachos clandestinamente, sólo que sí había mucho movimiento nocturno. Hace varios meses ya me habían sacado, con algunos amigos, por la puerta trasera de un antro bastante conocido cuando el letrero ya estaba apagado y los empleados se dedicaban a “limpiar” la entrada.

El viernes 29, las cosas fueron muy distintas. Cerca de Insurgentes (nuevamente.. ¡qué raro! ¿no?) y bastante cerca del clausurado bar “Bar” fui a las 8 de la noche a un lugar al que siempre había visto como restaurante. Había ido tantas veces a comer ahí que nunca pasó por mi cabeza que me pidieran algo.

Iba a entrar, muy feliz, a buscar la mesa que habían apartado. Un pequeño guardia de seguridad (unos 15cm más bajo que yo) me detuvo con una prepotencia inimaginable (situación que me dio risa porque el hombre me llegaba al cuello y nunca me dio la sensación de autoridad y parecía que tomaba su papel muy en serio). Me pidió una identificación. ¡No tenía! (y en el post anterior queda clarísimo que  intenté tener una). Dejé el pasaporte en mi casa. ¿La licencia? –aunque no sea oficial—No tengo porque no tengo qué conducir y ni me interesa hacerlo. Y, obvio, no cargo mi CURP ni acta de nacimiento en mi cartera… El punto es que no tuve qué enseñarle más que la credencial de la escuela que decía que iba en octavo semestre… imposible tener menos de 18 en octavo… Y ni así. Antes, eso habría sido una prueba más que válida.

Mi frustración fue más porque en la semana había cumplido 21 (ésta es la parte en la que me felicitan) y mi situación me parecía irónica porque desde hace 6-7 años he entrado a bares. El pequeño hombre, con el ceño fruncido estirando el cuello y mirándome a los ojos, con mi credencial en la mano que paseó por todo el lugar me dio varias opciones:

  1. Convencer a mis amigos de permitir retirar todo rastro de alcohol de la mesa
  2. Ir hasta una o dos estaciones de Metrobús para imprimir mi CURP y comparar mi nombre con el de la credencial
  3. Retirarme

“Es que con lo de Cabañas ahora sí nos están checando”. ¿Cómo que “ahora sí”? ¿Antes no lo hacían? Esa especie de “doble moral” me incomodó un poco. No quería obligarlo a romper una ley… que, en el momento me parecía absurda, por la cualidad de restaurante que les doy. Opté por la opción número 2 aunque terminé ejerciendo la número 3. Porque mostrarle mi CURP en un celular no fue suficiente. Intenté caminar lo que me habían dicho. Mi humor decayó. El hombre me explicó que él, los encargados y cualquiera me habrían dejado pasar “sin problemas”. Pero, que entendiera… Yo entendí que tenía hambre, que mi intención no era tomar sino pedir camarones… que me sentía en restaurante… y que Cabañas nos había arruinado la noche… [y a penas eran las 8pm]

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