Alfombras voladoras, aguas amarillas, un Papa y mis chichis– Mi primer Vive Latino

SÍ, FUE MI PRIMER VIVE LATINO y no, no mostré chichis a la banda pero sí moví el coolo. Ya sé, a mis 23 años, no haber ido a un Vive era como no haber hecho la primera comunión en mi rockera juventud. Pero así son las cosas, me da pena confesarlo, pero en 13 ediciones me había perdido 12. Primero, porque era muy joven; luego, porque la abuela estaba enferma; porque mis padres no me dejaban; y así sucesivamente, hasta que llegué a la parte en que no tienes dinero, tienes que trabajar en fin de semana o porque iba un ex que no quería encontrar.

Pero este año los planetas se alinearon y aún con todo y visita del Papa logré poner un pie en el Foro Sol y sus canchas y su polvo y sobre los pies de sus asistentes y esos líquidos extraños cuyo origen prefiero desconocer.

Con una tropezada llegada –gracias a Benedicto que llegó a México antes de la hora programada, el horroroso tráfico de Constituyentes en viernes, el lento Metrobús y los exorbitantes precios de estacionamiento-mi cuerpecito desvelado respiró el humo espeso y apestoso de algo que se quemaba (no supe qué) y cubría las cabecitas frescas de todos los que atravesábamos las rejas verdes de Ocesa para comenzar el maratón de conciertos.

Que sea mi primer Vive no quiere decir que no haya estado antes en un concierto masivo. Iba completamente preparada para algo que me habían vendido como “mortal”.

Normalmente no se necesita más que esos jeans cómodos, preferiblemente sin cinturón (aunque yo siempre llevo), una playera que muestre tu personalidad pero no te duela romper y una sudadera, bien amarrada para que llegue a la noche.

Pero, como sería algo con más demanda física, conseguí una muslera (esas prácticas mochilas que se ajustan de la cadera y la pierna y deja las manos libres sin atorarse con nada) con muchas bolsitas para una nena como yo. Dinero. Bálsamo de labios. Gotas para lubricar lentes de contacto. Boleto. IFE (para identificar el cadáver). Celular. Papel de baño (por eso lo nena). Más tarde me encargarían los cigarros, el encendedor, una toalla sanitaria y basura.

El primer día lo erré usando Converse, pero me rehusé a llevar mis feas botas a la oficina. Para sábado y domingo, ante el horroroso y anciano dolor de tobillos (que aún tengo), las botas fueron al Vive –y a la Redacción.

Por supuesto, algo que no puede fallar: si tienen un amigo médico, llévenlo. Yo llevaba dos, por si las moscas.

Y vuelas liiiiiibre, a donde tu mente lo pideeeeee, fue lo primero que escuché. Inmediatamente me deshice de la sudadera y comencé a mover los pies de punta en punta, sin brincar y un poco mareada. Había cometido mi primer error: fui sin comer. Unas horas antes, ingerí un insípido y pegajoso intento de sushi que seguramente quemé al bajar corriendo por Constituyentes.

Primer desembolso: un hot-dog de 45 pesos que desaparecí en mi boca en tres mordidas y una cerveza de 70 pesos. Lo que quedó de DLD por supuesto se perdió en el mal sabor de la cebolla y la mostaza.

El primer día lo sobreviví sin más. Algo fresa. Supongo que eso pasa cuando se te hace tarde y sólo ves a TV on the Radio, Zoé y Bunbury y olvidas por completo a Catupecu Machu y Disidente.

Podría decir que sólo hubo un pequeño percance: descubrí los baños [añada un grito de terror]. Un semicírculo de cajitas de plástico azul altas rodeaban lo que parecía el túnel que lleva al lugar donde secuestran a los personajes de la película de Saw. Un mosaico verde, húmedo por esos extraños líquidos dorados-naranjas que escurrían de las bases negras de esas olorosas cajas y se esparcían con la suela de los zapatos. No bastaba con que el lugar sudara los escatológicos residuos, las chicas se amontonaban –y también sudaban, y bailaban, y gritaban- en el espacio central en filas inexistentes cuyo destino incierto descubrían después de varios minutos de estar formadas.

No cabe duda que la violencia femenina es peculiar. Hay un dejo de violencia mal canalizada que termina en agresiones salvajes. Y algo así sucedió. Mientras me formaba en una pequeña fila perdida en el montón de gente, con sólo tres chicas esperando, al fondo un grupo de chavas organizaban su próximo ataque. Entre unas seis comenzaron a gritar a la que continuaba dentro y a empujar el apestoso y frágil cubo de baño.

No sé qué pasó. Entré a mi respectivo cubo. Tomé mucho aire y aceleré el proceso. En ese momento sentí que no se me antojaría ninguna cerveza más.

Quizás el siguiente percance, fue que despertar a las 04:30 comenzaba a generar estragos. Cuando don-sexy-Bunbury deleitaba con la peculiar cadencia de un showman a mis amigas, yo comencé a cabecear. Sí. Cabeceé. Por primera vez en mi vida logré dormir con los ojos abiertos. Estoy segura que soñé. Bunbury no estaba ahí, en mis sueños, cuando lo tenía enfrente. Había muy pocos apretones. Pero MUY pocos. Estábamos cerca del escenario y la valla central. Noté lo del sueño porque, al no haber soporte humano, en un cabeceo golpeé a la chica de enfrente.

Dormimos pasadas las 02:00 o 03:00… y despertamos a las 07:00…

La teoría estipulaba que llegaríamos antes de las 15:00, conseguiríamos estacionamiento, habríamos comido pizza en casa de una amiga pero no. Llegué tarde. Nadie pidió la pizza. Pagamos 150 pesos de estacionamiento. Y vivimos el miedito de ser aplastadas por un portazo.

En una de las entradas, la gente comenzó a echar bronca los policías (“puercos”, decían). Algunos comenzaron a correr, uno de ellos llegó hasta la fila donde estábamos. Entre unos seis lo agarraron. Luego, otro chico también salió corriendo, una chica intervino y él pudo mostrar su boleto. Pero la cosa no terminó ahí. Nosotros estábamos en la fila lateral del fondo, cerca del muro. Comenzaron a acelerar el acceso. Muy cerca, a unas tres personas, había un grupo de chicas en vestidito y botas. Las cosas se complicaban en el otro acceso. Comenzaron los empujones de nuestro lado. Logramos pasar, creo que sólo vieron mi boleto y ya. No nos catearon ni nada.

Apenas pasamos y los empujones fueron más fuertes, los del otro acceso habían logrado saltar a los granaderos y se metían a la fuerza en nuestro acceso. Corriendo con golpes fortísimos al pavimento, empujaron a todos, incluyendo a las chicas de vestido. Cayeron varios. Pero una de las chicas, de vestido crema de holanes, botas con tacón bajo y bolsita salió volando unos metros, cayó y derrapó un par de metros más. Todo enfrente de nosotros que esperábamos a un amigo que había quedado entre los empujones. Durante ese momento no quisimos ser ella, no quisimos tener sus rodillas.

Por mucho, la gente del sábado era otra. Había más banda –se notó con el portazo. Surfeamos un poco Lost Acapulco y nos metimos entre la gente a bailar. Bailar. Bailar. Y Bailar. Con los Caligaris busqué hacer lo que no había hecho nunca: ¡volar!

Atravesamos los tumultos para localizar la alfombra voladora más adecuada. Escogimos una enorme y gruesa alfombra negra con colillas de cigarro pegadas, manchas de cerveza, pelusas, tierra, pasto, mota, y algunas otras partículas aún no descubiertas. Había demasiados chicos.

Fue difícil conseguir subirnos, pero lo logramos y, definitivamente, fue divertido. No volé demasiado. No hice acrobacia alguna, pero pude hacer check a la lista de experiencias típicas del Vive –tuve que hacer check al portazo. Digo, no hace falta el que hace marometas, la que no cae bien, la que se cae en su trasero y, peor, quienes caen en su cabeza. Pues, conseguir la alfombra es sólo el primer paso de volar. Hay que saber controlar el punto de gravedad, reconocer el momento exacto para generar tensión en la alfombra, aprender a tomar impulso con la tensión y, luego, verificar que tu cabeza no sea la primera en caer, por eso de que a veces la bajan de más y tu cuerpo cae todo directito el suelo. Todo eso con mi natural temor a ser abandonada en caso de que hubiese una muy muy buena canción/interpretación. Pero no, no hubo lesión alguna.

Me uní a la demandante felicidad de la víbora para bailar todo lo que el Instituto Mexicano del Sonido tocara. TODO. En el camino me encontré a algunos varios conocidos, apenas me detuve y me dejé llevar por el ritmo y la viborita que le dio varias vueltas a la sección del Foro.

Salimos de ahí y nos mudamos -por fin- de carpa. Escuchamos a Haragán y mi cuerpo se las comenzó a cobrar. Empecé a sentir un sueño y cansancio malditos. Sólo aventaba la cabeza de un lado a otro sin hacer mucho esfuerzo. Haragán pasó casi desapercibido por mí. Y mi cansancio fue peor, noté lo ancianos que estábamos. Hace cinco años no habríamos notado molestia alguna.

Foster the People y Kasabian pasaron como arrullos de cuna. En algún momento me quedé dormida en la panza de una amiga. ¿Cómo rayos uno se queda dormido? Pensé que era la única. Sabía que si no tomaba acción rápido, el sueño me invadiría y Café Tacvba tampoco serían percibidos. En la búsqueda de café, me tranquilicé. Había tantos cuerpos tirados cubiertos de sueño, sin importarles el viento, que no sentí culpa alguna. Es más, me reconforté. Quizás tenía que hacer check a “dormir en el piso del Foro Sol”. Jazztec le dio buen toque a mi café, además de un chico guapo sentado frente a nosotros.

Y entonces, bajo el efecto del café y después de discutir si quedarnos o no en un lugar con espacio para bailar, comenzó Cafeta… con una gran sorpresa: justo enfrente de nosotros.

Decidieron abrir con la misma setlist que en Tajín, eso nos dijo el novio de una amiga de una amiga que, por lo visto, se hizo amigo. Pese al mal sonido y una especie de capella –porque ellos no cantaban, sino el público- mi sueño desapareció en una última pestañada.

No vi bien la hora a la que llegamos a casa, pero seguro dormimos después de las 2:00. En cuatro días no habré dormido más de 18 horas.

Domingo. Último día. Y no logré llegar desde el principio. Mi plan arrancaba con Paté de Fuá, pero apenas escuché las últimas canciones de Hello Seahorse! A última hora tuve que cubrir la misa de Benedicto. Desperté temprano y eso me condenó al sueño más extremo cuando terminé con Antidoping pasada la medianoche.

Todo el estrés laboral se esfumó con la voz de Lo Blondo. Y se curó bailando con Gogol Bordello. Con el solazo encima, el ambiente se parecía más a lo que yo concebía como ese tradicional y sudoroso Vive Latino. Y todo se constató cuando aparecieron unas alfombras voladoras.

Apuntadísima para volar, un chico me jaló para subirme pero una chica me ganó. Esperé el siguiente turno y entonces quedé impactadísima por el costo de volar: CHICHIS PA’LA BANDA!!

¡¿Qué?! Por un momento pensé que era la proclama común que hacen a cualquiera que se trepa a los hombros de un amigo. Ella decidirá si lo hace o no. No les hice caso. Me puse cómoda, en el centro de la alfombra, y… pues, a volar, ¿no? No. No brincas si no hay chichis. ¿Qué? ¿En serio? Les dije que después (Ajásíclaro). Que no. Un chico me jaló de la mano y de la blusa. Ok. Parece que las cosas iban en serio. Mis chichis por volar. No me nació. Simplemente, más allá que sea o no “representante de los medios”, no me nació. Alguien me aventó una cerveza por la espalda que logré esquivar, porque no hubo chichis.

Cuando permanecía sentada vi cómo todos los hombres me hacían sentir en un agujero completamente acosada –la alfombra negra con la perspectiva de sus brazos sosteniéndola, daba esa impresión. Sólo entonces noté que no había mujeres sosteniendo la alfombra. Jamás había sentido eso. La primera palabra que pasó por mi mente fue: prostitución.

La situación era muy distinta a la libertad de las chichis que se ven en las pantallas. Quien las muestra lo hace por gusto, porque es divertido, porque es rebelde, porque parece gracioso. No porque tenga que pagar la “cuota” de volar. Así que, ante mi negativa, dos chavos me jalaron sin antes querer hacer su último intento suplicándome. Juntaban sus manos y decían “ándale amiga, ponnos felices, no’más unas chichitas”. No pude. Salí de ahí enojadísima. Con ganas de golpear a cada uno de ellos. No duró mucho esa alfombra, pero sí hubo chicas que pagaron con sus chichis.

Tras el incómodo incidente, varias se alejaron y seguimos bailando. Descubrí el maravilloso truco de cerrar los ojos y dejarse caer en el viaje. Así terminamos con Gogol Bordello e Illya Kuryaki and The Valderramas.

Al terminar había dos cosas urgentes por hacer: ir al baño y conseguir comida. Por suerte, para la primera, hubo una gran solución. Descubrimos los baños fijos bajo las gradas del Foro. Limpios, vacíos, con agua corriente y papel. ¡El paraíso! Sólo tuve que pasar por esos feos cubos dos veces. Todas las demás, en baños reales.

Tras devorar dos empanadas nos quedamos tiradas escuchando a Pedro Piedra, cuando llegó Gustavo.

Gustavo, con mucho alcohol dentro, nos preguntó si don Pedro Piedra ya había cantado Las niñas quieren. Sí, ya lo había hecho. Lo leí en Twitter (en los escasos minutos que hubo red), porque tampoco alcanzamos a escucharlo. Estaba muy feliz. Tanto, que creo que no se dio cuenta de que no nos conocía. Resulta que Gus había estado tomando con los de Kinky y Austin TV. ¿Nada mal, eh? Lo mejor era que no supo cómo llegó ahí. Pero nos mostró fotos y todo. Tuvimos que despedirnos de Gustavo, habíamos quedado de ver a unos amigos antes de Molotov.

Pasamos mucho tiempo junto a los apestosos baños de mujeres. El amigo nunca llegó. No podíamos movernos de ahí cuando terminó Madness. Yo ya me imaginaba otro Loveparade. Los túneles de salida estaban repletos, nadie podía moverse. Literal, desbordaba gente que caía de las escaleras.

Escuchamos Molotov de lejos. No me prendió, la verdad. Más allá de Puto, la combinación de canciones no me hizo bailar mucho. En cuanto terminó regresamos al verdadero punto de reunión. Tuve que elegir: Fatboy Slim o Antidoping. Yo quería elegir: cama, camita, colchón, sillón, pasto, carro, banqueta… un espacio seguro para dormir.

Fui con Antidoping, escarbé para encontrar mis últimos restos de energía. Cerré los ojos y me dejé llevar. Fatboy terminó y Antidoping seguía y seguía… no sé cuándo terminaron, pero tuvimos que dejar la carpa Danup para poder llegar a los respectivos hogares.

La pista del Foro fue más infinita de lo que había sentido las noches anteriores. Llevaba una planta en mi vaso coleccionable. Mis amigos todavía bebieron un poco y salimos del Foro, esta vez… ¡habían conseguido estacionamiento!

Eran las 02:37 cuando vi por última vez el reloj. Eran las 04:30 cuando sonó y tuve que regresar a la oficina para despedirme del Papa

¿Volvería a ir? Claro. Aunque quizás, piense en ir un poco más fashion no fue tan mortal… Y lo de las chichis no entra en discusión.

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  1. HAHA, excelente post 😀

  2. Déjate caer… cierra los ojos y déjate caer…
    ¡Abrazo mi Laus! Nos queda mucho rock por delante.

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