El último grito de Calderón, la versión desde la plancha del Zócalo

El Zócalo era una alberca. Un escuadrón de barrenderos ataviados con impermeables esperaban formados a que todos los asistentes dejaran la plaza. A los fuegos artificiales nadie los vio. Los que estuvieron presentes, huyeron con la lluvia. En la tele, los cortaron. Los que hablaban de El Grito, no dejaban de mencionar las luces láseres que apuntaron a la cara de Calderón desde que salió.

¿El láser en su rostro dejaría ver al presidente mexicano? Enfrente de él había mantas en su contra y en contra de su sucesor, la plancha del Zócalo estaba inundada y hubo conatos de enfrentamientos entre policías y jóvenes del movimiento #YoSoy132.

Era la última vez que ondearía la bandera mexicana y gritaría ¡Viva México! Ni por eso, la lluvia fue condescendiente con él. El agua tomó un suspiro quince minutos antes, cuando los animadores anunciaron que la ceremonia oficial comenzaba. Los asistentes parecían más alegres por la escampada que por ser, probablemente, la última vez que verían al presidente. El gusto no duró mucho.

Cuando en las pantallas se veía a Felipe Calderón tomando la bandera de manos de los cadetes militares, Tláloc se dejó venir con toda su fuerza. La lluvia era tan tupida que, desde la plaza del Zócalo, no se podía distinguir el balcón del Palacio Presidencial. Los jóvenes, que llevaban dos horas protestando, tuvieron un altercado con los policías. Imposible saber quién comenzó. Se abrió un círculo grande que dividió a los asistentes, con empujones separaron a quienes querían dar el Grito con la tradicional ceremonia y entre quienes querían boicotearlo. Los jóvenes pedían que levantaran a los niños. En una delgada franja quedaban personas angustiadas, molestas porque atentaban contra su festejo, algunos sin saber qué hacer, sólo daban las espalda a los manifestantes y a los policías, pero tampoco lograban unirse con los que sí celebraban, hasta el frente.

Desde allá abajo, no se veía nada. Y, quizás, desde arriba, tampoco.

Calderón entrecerraba los ojos, mientras los láseres le apuntaban a la cara. Él gritaba “¡Viva!” y abajo le respondían “¡Viva!” y “¡Asesino!”. Al son del repique de la campana de Independencia.

—¡Viva Hidalgo!

—¡Asesino!

—¡Viva Morelos!

—¡Espurio!

—¡Viva Josefa Ortiz de Domínguez!, ¡Viva Allende!, ¡Vivan Galeana y los Bravo! ¡Vivan Aldama y Matamoros! ¡Viva la Independencia nacional!

—¡Fraude!

—¡Viva México!, ¡Viva México!, ¡Viva México!

—¡Sin PRI!

La lluvia había sido dócil un par de horas antes. La cantante de rancheras Jenni Rivera apareció en el escenario frente a la Catedral. La corearon en el cuadrante más cercano. Pero en el cuadrante frente al Palacio Nacional con empujones, sin saber lo que iba a pasar, se abrió un círculo de unos 25 metros de diámetro. En él comenzó una pasarela de jóvenes con pancartas de #YoSoy132, aludiendo un fraude electoral, gritando contra el presidente. Cuando Jenni Rivera tomaba aliento entre canción y canción, ellos gritaban. Ella dijo que saldría a cambiarse de vestuario, pero en el silencio se escapaban gritos también contra Televisa. Siguió cantando. Hasta que un mariachi con el ‘El son de la negra’ acalló por un momento a todos. Ella regresó con otro vestido y siguió.

En el círculo escribieron “FRAUDE” con los cuerpos, prepararon las pancartas que después aparecerían frente a Calderón, gritaron y brincaron. “¡El que no grite es Peña!”, en alusión al presidente electo Enrique Peña Nieto. “¡México, sin PRI!”, el Partido Revolucionario Institucional. “¡Fuera Televisa!” “¡Televisa te idiotiza!”, gritaban cuando los animadores del espectáculo musical Galilea Montijo, conductora de programas de esa televisora, y Mauricio Barcelata, de TV Azteca, hablaban.

Pequeños grupos de policías aparecieron entre los asistentes. Los habían mandado a vigilar a los jóvenes.

“Yo llevo dos enfrentamientos, uno con Los Zetas y otro con los del Cártel del Golfo, por eso me dan risa esos niños”, dijo uno de ellos, mientras el agua le escurría de la cachucha y se metía bajo el chaleco antibalas de Policía Federal.

“Y sí, estamos aquí por ellos…”, interrumpió otro. “Para cuidar a la gente, yo preferiría estar en mi casa”. Él quitó los ojos de los jóvenes, me miró de frente cuando le pregunté por qué llevaban láseres, pancartas, plumones y cámaras si estaba prohibido, si te revisan en los puntos de entrada. “No había manera de quitarles las cosas, si no son ellos, son los del SME o los Antorchistas”, dijo muy molesto. No llevaba impermeable y volvió a decir que él no quería estar ahí.

Una hora después, los dos policías recibían manotazos por parte de los manifestantes. Les gritaban en la cara, y ellos sólo ladeaban la suya. Empujaban a los jóvenes que se les abalanzaban, llamaban a refuerzos, pedían apoyo.

Cuando se acercaba la hora del Grito, los asistentes se aglomeraron en el frente. Las señoras criticaban a los jóvenes. Se enojaban. Los niños no veían al palco, sino a los manifestantes y a las peleas que no terminaban en nada. Siempre algún joven interrumpía pidiendo paz, pidiendo calma, gritando “¡No violencia!”

Un par de jóvenes atravesó el círculo que ya era más pequeño. Los veían de reojo, no tendrían más de 20 años. “Son rezagados que se quedaron sin estudiar, no tienen la inteligencia para pasar (aprobar los exámenes de admisión), ni el dinero”.

Justo cuando la lluvia estaba en su punto más fuerte, cuando Calderón recibía por última vez la bandera, los manifestantes volvieron a enfrentarse con los policías. El presidente se acercó al palco en compañía de su esposa, esta vez no estaban sus hijos, y su invitado especial, Peña Nieto, había rechazado la oferta. Calderón dio pasos largos, llegó al balcón. Vio, por última vez, la plaza del Zócalo llena. Frente a él había unas 80,000 personas, lo que se calcula que será el saldo total de muertos durante su sexenio, marcado por la estrategia contra el crimen organizado. El semanario Zeta aseguró que, hasta abril, ya eran más de 70,000.

El presidente repicó la campana, tomó la bandera y la ondeó desde el palco. Los láseres seguían en su cara. La tensión había disminuido un poco entre policías y manifestantes. Los jóvenes se tomaron de los brazos, hicieron una cadena humana gritando “¡Viva México, sin PRI!”, veían de frente a policías y al presidente –sin saber si éste los vería-. Atrás de ellos, una pantalla en la que Calderón ondeaba por última vez la bandera.

La bandera aún no terminaba de menearse y muchos asistentes ya daban la espalda a Calderón. La lluvia era demasiado fuerte. El Zócalo estaba inundado. Los charcos cubrían por completo los pies. El espectáculo de pirotecnia comenzó. Calderón acompañado por su esposa, mientras sus invitados se asomaban por las ventanas del palacio. Los cohetes perdían fuerza, brillaban, alumbraban pero no alcanzaban la altura acostumbrada. Casi nadie los veía. Huían. Algunos asistentes se detuvieron para reclamar a los jóvenes haber arruinado su festejo. Seguían su camino. Rápido. Todos desaparecieron, ya no había rastro de los de #YoSoy132, ni de los policías. Las coladeras tapadas por la basura empeoraron la inundación. La gente se cubría con bolsas de plástico, paraguas rotos, algunos con logos del PRI, chamarras.

Unas decenas de personas esperaron hasta el final. Miraron al presidente. Él se tomó el tiempo y se despidió, sonriente. “¡Adiós! ¡Adiós presidente!”. Agitaban sus manos.

Al final sólo quedó una brigada de hombres vestidos en amarillo. Armados con impermeables reflejantes y escobas. Formados esperaban la salida de todos. Listos para barrer los restos del último grito de Calderón.

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