Regresando a las andanzas

Caminar es un proceso difícil, va más allá de colocar un pie frente a otro:  hay que estar convencido de querer hacerlo, se recomienda fijar un destino y es indispensable saber ejecutarlo con simulada destreza por si un día fuera la única técnica disponible para trasladarse. Hay quien cree que si se puede llegar a un lado de otra manera, ¿por qué hacerlo caminando?
Hoy (lunes) convertí 20 pesos de taxi o 3 pesos de pesero o 12 pesos de estacionamiento en poco menos de 200 calorías quemadas en 17 minutos. El súper está más cerca de mi casa de lo que pensaba en los casi seis años que llevo viviendo donde ahora.
Todavía cuando me mudé, caminaba. Tenía recién cumplidos 18 y no me gustaba llegar rápido a casa. Pero el tiempo pasó y me convertí en una experta en taxis. Hasta llegar a este punto en que sé medir distancias en tiempo y dinero taximétrico. En que le asigné un valor a mi sueño y prefería pagar 50 pesos por dos taxis y un viaje en metro que despertar media hora antes o manejar por 70 minutos. En que le pregunto a Google por rutas y tiempo estimado de traslados.
Hoy caminé. Lo planeé con dos días de anticipación y decidí que hoy era EL día. Calculé que la hazaña me llevaría 2 horas: una para el súper y otra para el camino de ida y vuelta. Serían 30 minutos por caminata, ante cualquier imprevisto. No sé qué imprevisto pueda haber cuando uno decide caminar, ¿un tobillo torcido? ¿encontrar a alguien en estos tiempos en los que nadie camina? En fin, calculé que serían treinta minutos.
Caminar fue un proceso renovador. Comenzando con mis perturbadas rodillas adoloridas por culpa de las horas nalga que me ha cobrado eso de la ‘periodisteada’ independiente y regresar a la ‘estudiada’. Recordé que mi madre iba por mí a la primaria caminando con mi perro y yo me enojaba porque todos los niños se iban en carro. Ella decía que era porque no podía subir al perro en el auto. Después supe que caminar era una de sus pasiones y que le había declarado la guerra a sus prematuras várices congénitas.
Al caminar, uno piensa demasiado. Un día, Alejandro Almazán me dijo que caminaba con su perro para pensar sus textos. Cuando yo caminaba distancias mayores de 10 minutos, pensaba en poemas, cosas de casa, la vida en general. Pero empecé a caminar por obligación, con el tiempo encima… y, en esas circunstancias, no se piensa mucho.
El punto es que llegué a un día como hoy. Descubrí dos tiendas de comida alternativa (muy adecuada a mi nuevo estilo de vida vegetariana), compré leche de coco en un lugar que siempre había visto al pasar en auto, un perro poodle me persiguió amenazante, vi un estanque Do It Yourself en el patio de una casa el cual podría replicar en la mía para mis tortugas, una mujer me dio un folleto religioso de apoyo a los deprimidos y redescubrí la música de mi iPhone: Metallica, Café Tacvba, Lamb of God, Staind y Monster Magnet. ¡Años que no me ponía unos audífonos al caminar!
Recordé que fue caminando cuando fragüé la idea de ser periodista. Estudiar la carrera recién se había unido a mis opciones. Adolescentemente me fui a caminar desde Pino Suárez hasta Reforma. Vi los rostros de quienes pasan en las calles, cuando me envolví en la multitud, cuando miraba a la gente como protagonista de la vida cotidiana, entendí que era eso lo que en los discursos se llama “pueblo” y que quería contar lo que veía, lo que hacían y lo que pensaban. Se me hizo costumbre en toda la adolescencia caminar sin rumbo, por el mero placer de hacerlo, caminar hasta que me dolieran los tobillos (lo primero que me duele) o se me antojara un café, siempre de esos desde los que se puede mirar hacia la calle y a su gente (caminando, por supuesto). Recordé lo fácil que es detenerse ante algo que te gusta, como el estanque, sin estorbar a nadie, sin buscar un estacionamiento, sin tener que pagar tiempo de espera.
Bebía mi helada leche de coco cuando evoqué un texto que me pegó, me obligó a cuestionarme sobre mis costumbres y del cual aún no tengo conclusión alguna más que poner cara de perrito regañado: Conversación con un ingeniero de tránsito.
En términos reducidos, obliga al lector a pensar si las necesidades de traslados de las generaciones que ahora defienden el uso de la bicicleta y el transporte público serán las mismas cuando tengan hijos  y se muden a “los suburbios” o trabajen en esos lugares de difícil acceso. Sí, yo defiendo los medios de transporte alternativos pero cuando uno conoce Constituyentes lo último que pasa por la cabeza es caminar o andar en bici o malparado en el transporte colectivo: Quiere un auto (y con chofer, por favor), donde pueda llevar su lunch, su café, su abrigo, escuchar su música favorita, solo, donde nadie lo toque (o toquetee)… Y así se pierde la bonita costumbre de caminar.
Entonces, llegué a donde tenía que llegar y compré más de lo que tenía que comprar. Esperé a la cajera y su lenta, cínica y torpe atención que no contemplé en los imprevistos. Me hizo perder ese tiempo que calculé para el regreso. Se me hizo tarde. Si tomaba el pesero, sería casi el mismo tiempo si caminaba. Calculé que serían 20-25 minutos porque el peso de las bolsas reduciría mi rendimiento. Eso, redondeando pasaría a ser una media hora. Tarde, muy tarde.
Y lo volví a hacer: pagué 20 pesos. Tomé taxi. Llegué en 8 minutos, incluyendo el camino a la calle para tomarlo y de la calle a mi casa. Convertí los 12 a 15 minutos “ganados” en 20 pesos. Porque, por lo visto, muy en el fondo sigo pensando que caminar es una pérdida de tiempo.
Cuando decidí ser vegetariana comencé ese mismo día, y en casi un mes no he tenido “recaídas”. Decir caminar, me costó días y en un par de horas sufrí dos recaídas.
Todo indica que regresar a las andanzas será mucho más difícil que dejar las exclusivas arracheras, el pollo al pesto, las costillas en salsa agridulce.

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  1. El primer paso esta dado, te reenamorarte del perdido arte de caminar, tal vez solo necesites replantearte el problema, para el trabajo y las compras casi siempre es necesario el coche por la cuestión del tiempo, pero date tiempo aparte: pero yo camino 40 min en la mañana con mi perro, mi música y mis pensamientos, en la tarde camino un rato con mi esposa mis hijos y mi perro, en esta parte más que camino convivo con el vecindario ,platico con los vecinos, conozco a los niños y en general tomo al vida con calma.
    Animo! Es solo cuestión de perseverancia

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