Solalinde’s Resort: El refugio de los migrantes

MOSQUITOS Y UN GATO llamado ‘Glande’ me torturaron todas las noches que pasé en la palapa del albergue para migrantes Hermanos en el Camino. Los mosquitos no dejaron de zumbar en mis oídos y me daba un poco de miedo porque habían varios casos de dengue. Para colmo, Glande tenía la mala costumbre de saltar sobre el mosquitero, varias veces me asustó al caer sobre mi panza, acostado en mi pecho y viéndome a la cara. De esa  visita salió el texto Las preocupaciones del padre Solalinde publicado en la revista Domingo de El Universal hace como un mes. Sinceramente postergué hacerle publicidad por acá. Pero ya que estamos en eso, les dejo la historia de Pedro –que no está incluida en el texto.

Pedro, hondureño, me pareció un personaje contrastante: alto y delgado siempre actuó con desapego, incluso amenazante al dar a entender que, quizás, mañana ya no estaría. Le costaba mucho comprometerse con algo, quería estar en una situación de invisibilidad pero no, a la vez le gustaba que le reconocieran que su trabajo rendía frutos. Se comportaba antisocial y a veces hasta cortante y grosero con otros migrantes. Parecía estar siempre enojado. Fue hasta que lo acompañé a la granja que se abrió, me contó su historia, me habló del dolor que le provocaba no poder ver a su hijo que, desde que estaba en Honduras, la madre no le había dejado ver. Me dijo que le gustaba el campo y que le preocupaba mucho que sus hermanos menores se vieran tentados por las pandillas, que también por ellos trabajaba.

Cuando le tomé la foto que aparece abajo, me dijo algo como “intentaré sonreír, pero hoy sí estoy que me lleva”. Pedro estaba muy enojado porque había perdido a su perro. Se sentía vulnerable y frustrado porque no le gusta expresar sus sentimientos. Desde que llegué, todos me hablaron del “perro más hermoso”, pero nunca lo conocí. Cuando por fin visité la granja, habían pasado unas cuantas horas de que se había ido ese perro indescriptiblemente hermoso.

Pedro posa en el patio techado que se utiliza como lugar de descanso y capilla

Pedro posa en el patio techado que se utiliza como lugar de descanso y capilla

Pedro se quedó sin Oso

Se escuchan los piecitos de Viviana (7 años) acercarse. En la oficina del albergue los voluntarios se preparan para recordarle que los niños no pueden entrar. Viviana llega a una media reja que la hace de frontera entre la oficina administrativa y el espacio donde andan migrantes, niños y perros.

— ¡Se llevaron a Oso! ¡Se llevaron a Oso! Pedro está triste. Se lo llevó una señora con zapatos—grita Viviana a Celeste y John, y comienza a contar la historia, mientras trepa por la reja para entrar a la oficina.

Cuando termina de relatar el doloroso suceso del “robo” del perro “más hermoso”, Viviana ya está dentro de la oficina. Los voluntarios sólo ríen. Prestaban no menos atención a la historia que la ‘discreta’ escalada de Viviana por la reja.

En la granja, Pedro no quiere ver a nadie.

— Se llevaron a lo único que yo podía querer, lo único que yo amaba aquí. Nadie lo quería, el pobre estaba flaco y feo, pero me lo llevé a la granja y lo cuidé. Lo bañaba, le cambiaba el agua, le daba de comer tres veces al día. Le conseguía carne. Se puso chulo el perrito y ahora se lo llevan, lo regalan cuando todos sabían que era mío.

Pedro recorre la granja: un terreno de hierba que comparte un poco de espacio con la cancha de futbol del albergue, apartado de los dormitorios, que el padre Alejandro Solalinde logró comprar con varios trucos porque en el pueblo se oponían que sirviera para los migrantes. Los cerdos necesitan ser castrados, uno se guarda para Navidad, pero los otros tendrán que venderse. Él no se quiere hacer cargo de la castración, los cerditos ya están muy grandes y podrían desangrarse. Pedro baja los ojos cuando pasa junto a los platos donde comía Oso y no puede evitar recordar al cachorro.

— Así es la gente, no’más ve que uno comienza a querer algo y se lo quitan, porque creen que tiene algún valor… yo hoy no quiero ver a nadie, se llevaron a lo único que quería. ¡Mala es la gente!

En las jaulas, las gallinas están logrando poner casi treinta huevos. Todos los guajolotes tienen nido.  Eso no alcanza para dar de comer a todos en el albergue, mucho menos cuando llegue el nuevo tren, Pedro hace algunas cuentas pero no deja de pensar en Oso, y de arrepentirse por prestarle tanto cuidado. Desde que dejó Honduras, cuenta, no había querido a nadie así. Compara el arrebato de Oso con el de su hijo. La familia materna no deja que Pedro vea al niño, y la madre apenas está logrando que acepten a Pedro. El dinero que gana como encargado de la granja del albergue lo manda para los gastos del niño en Honduras. Por el momento, dice que vive ahí, porque el padre le ofreció ayuda para realizar sus trámites ante Migración.

Pedro propone sembrar calabaza, ajo, cebolla y melón en un pedazo de terreno que aún no tiene cultivo. Una organización había propuesto un sistema de riego, pero en meses no ha hecho nada. Pedro sabe de agricultura y quiere ser el único responsable. Solalinde lo anima a vender cerdos y variar los cultivos. El dinero podría usarse para el albergue, comprar más cerdos y lograr fijar un ingreso mensual; las verduras ayudarían a variar un poco los caldos de todos los días. Pero Pedro no quiere comprometerse tanto, quiere arreglar sus papeles e irse para hacer más dinero.

Quiere recuperar a su hijo y olvidarse de Oso.

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