Crónica de un (primer) chacaleo

Nota para no periodistas: Chacaleo es, en el argot periodístico, la acción en la que los reporteros abordan a un personaje público para hacerle preguntar y obtener una declaración.

Termina la conferencia. Todos de pie. Clap clap y felicitaciones. Clap clap y abrazos. Clap clap y todos le sonríen. Los invitados quieren tomarse una foto con él. Decenas de policías esperan en posición de firmes a que salga del salón. Pero no sale. Es más, han perdido de vista a su jefe. De repente, la brillosa calva pecosa que había estado en el podio resalta en medio de una multitud gracias a la luz de una cámara que no deja de apuntarle.

El susodicho: Manuel Mondragón y Kalb, Comisionado Nacional de Seguridad de México. Observo desde una silla. Me tomo el tiempo para guardar mis cosas y sopesar si debo, o no, ir hacia la multitud. Decido que siempre sí. Que, la verdad, el hombre no dio alguna buena declaración ni dijo nada nuevo en los minutos que tomó la palabra.

Me acerco hacia esos sujetos que, mientras todos estaban entre el clap clap y los abrazos, corrieron hacia los escalones por donde bajaría. Antes de que pudiera tomarse la foto con cualquier invitado, la horda de periodistas ya lo esperaban. Una pelea sin ganador por obtener el lugar más cercano. Los flashes rebotaban en la calva y arruinaba las fotos de los otros. La lámpara de una cámara le empequeñecían las pupilas, arrugaba las cejas y el movimiento se extendía por toda la piel de su calva.

Mondragón miraba hacia algún punto enfrente de él. Quizás sus ojos se enfocaban en el breve espacio de la intersección de la maraña de pelos de una reportera, la cámara de video de otro, el monopié de un fotógrafo cuya experiencia le permitía centrar el cuadro sin ver, la grabadora de cinta de algún veterano, la grabadora electrónica de algún joven y el iPhone de alguno con mala suerte o muy prevenido. Alguien susurraba una pregunta y él respondía sin mirar siquiera al entrevistador.

La horda ocupaba un metro de radio. Y allí, en la circunferencia, no escuchaba nada. No hallaba señal que me indicara si lo que sucedía en el centro podría servirme o no. Entonces entendí esa imagen de brazos extendidos y terminan casi metiendo la grabadora en la boca de los susodichos personajes. Saqué mi grabadora e hice lo mío: confié ciegamente en la tecnología.

El brazo se me entumía. El celular, en la otra mano, se resbalaba. El tuit no se publicaba. Mi pie sufría bajo el zapato de algún reportero. Y como nada llegaba a mis oídos, me dio tiempo de sentirme enana con mi 1.69 de estatura. Agradecí que el reportero de a lado usara loción. Noté que la mayoría apostaba por el gris Oxford para sus trajes. Me pregunté por qué una colega y amiga mía, Lizbeth Padilla, ama tanto los chacaleos, los extraña, realmente los disfruta. Pensé que, si yo alguna vez fuera “personaje”, los tendría prohibidos. Y quise decirle a Mondragón que tiene demasiadas pecas en la calva, con su piel tan blanca y delgada, debería tomar medidas para evitar el cáncer de piel… pero estudió Medicina, quizás ya lo pensó.

Cuando ya no sentía el brazo, cuando me dolía el hombro, cuando caí en cuenta de que era mi primer chacaleo –en cuatro años que llevo en el mundo periodístico—unos movimientos de las manos de sus guaruras apenas visibles para mí esparcieron a los reporteros.

Pero no era todo. Mientras los invitados, por fin, lograban tomarse una foto con el comisionado y los policías podían relajar su posición de firmes, los reporteros salieron del salón y se posicionaron para una segunda ronda.

Mondragón sube por unas escaleras eléctricas. Atrás de ellos, más cerca que sus propios guaruras: los reporteros. Tres fotógrafos deciden alcanzarlo en el siguiente piso y suben por la escalera que bajaba, un encargado de seguridad va tras ellos. Los fotógrafos llegan a tiempo para ponerse frente a él; el de seguridad, cae.

Y, entonces, llega lo peor. Todos miran hacia ese sujeto al que las cámaras y los reporteros en traje gris Oxford siguen. Mondragón entra a la sala de exhibición de Expo Seguridad. Los expositores extranjeros preguntan quién es. Nadie les hace caso. Los reporteros pisan los callos de los guaruras. Los fotógrafos se suben a sillas, mueven mamparas, caminan hacia atrás, pisan sin pedir disculpas, corren entre los stands de los expositores. Todos le gritan que voltee. Todos buscan el ángulo en el que estrecha la mano de un expositor. Se mantienen firmes, empujan al que tengan que empujar. Gritan a quien tengan que gritar. Y estorban a otros hasta cuando no es necesario.

Voy muy lejos de la horda, apenas para no perderlos de vista. Me adelanto un par de stands. Espero junto a un robot. Me coloco. Saco la cámara. Busco un ángulo en la que él aparezca interactuando con el robot. Se acerca el expositor. Me alegro por un momento porque tengo espacio suficiente para encuadrar: Mondragón, robot y expositor en la misma toma. Acerco. Enfoco. Calibro luces. Mi dedo comienza a presionar el disparador y ¡Zaz!

Una mano toma mi cabello y avienta mi cabeza a un lado. Siento el tirón hasta el cuello. La foto queda barrida. Busco al culpable. Un camarógrafo con lentes verdes apenas me ve de reojo. Lo miro con odio, verdadero odio. Quiero que sienta remordimiento, quiero que reflexione el resto de su vida que me jaló el cabello. Pero, sin inmutarse, me dice: “alzaré la cámara para que puedas agacharte”. Cuando lo hace, Mondragón se ha ido.

Muchos stands después. Con un ligero dolor de tobillos. Con el dedo en el disparador de la cámara (en Automático). Con muchos codazos, golpes de cámaras y preguntas hechas a gritos. Mondragón se despide bajo la luz del sol que se reflejaba en su calva y me hizo volver a preguntarme si había pensado en el cáncer de piel. Deja de contestar preguntas, pero los reporteros se quedan merodeando la zona. Los organizadores mueven las manos en son de shu shu fuera y nos sacan a todos de la sala de exhibiciones.

Todos se dirigen a la sala de prensa donde ofrecen un refrigerio. Nadie se pide disculpas por los golpes propiciados. No vuelvo a ver al camarógrafo de lentes verdes.

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    • MarioComunicación
    • 24/04/13

    Yo solo he “chacaleado” en turismo y negocios, una vez lo hice para la fuente de espectáculos. Es terrible, dicen que política y espectáculos es de lo peor para esta actividad. Buena entrada. Suerte y Saludos.

  1. Reblogueó esto en Antonio Salas.

  1. 9/07/13

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