Lo último que queda

El sombrero de mi abuelo

El sombrero de mi abuelo

TARDÉ MUCHO EN LLORAR por ti –es un problema que tengo con la ausencia. Daba la vuelta a la última esquina para llegar a casa, esa casa de la que te hablamos pero nunca conociste. Vi el cielo. Sentí el viento. Me entristecí por la muerte de un árbol. Y, entonces, te extrañé.

Recordé que la última vez que nos vimos me leíste. O quizás leímos juntos. Dijiste A-ru-qui Mura-ca—-mi. Y empezamos a leer a partir de donde estaba mi separador. Sílaba por sílaba. Algunas varias páginas. (Recordé que eras un adulto, ya el padre de mi padre, cuando aprendiste a leer). Te conté del Fin del Mundo. Algo en esa historia te asombró. Me sonreíste, sin dientes. Y continuamos pasando las hojas hasta el anochecer.

Las campanas de la iglesia sonaron tres o cuatro veces. El azul cielo fue tragado por las montañas. Las velas ya no alumbraban nada. El foco incandescente perdía la batalla contra las estrellas y las aves contra los murciélagos. Ya no vimos más letras, miramos hacia arriba y descubrimos que el negro del cielo se convirtió en el contraste perfecto para dejarnos ver una nebulosa. Parados en la tierra, mi padre, tú y yo. El silencio del sueño ajeno nos dejó callados.

Yaba’ chhel… (1)

Tu sonrisa sin dientes. Tu mirada feliz cuando leíste. Fueron un dardo y comencé a llorar.

Padioxh xagolh. (2)

Quiero que sepas que hicimos todo lo que pudimos. Quiero que sepas que ya sabemos qué te pasó. Quiero que sepas que te extrañamos. Y quiero que sepas que te he soñado muchas veces perdiéndote en el bosque con tu andar lento. Tus pies resecos por la tierra enterrándose a cada paso.

Los primeros días estuve convencida de que habías decido caminar a la muerte por tu propia cuenta. Alguna vez me contaste que los ancianos, cuando se sentían cansados, tomaban un morral, metían un poco de comida y agua y se echaban a caminar. Y así te vi. Dándome la espalda –esa vieja espalda que siempre me rebasó en todos los montes—desapareciendo. Porque eso eres, abuelo, un desaparecido. Al desaparecido siempre se le piensa vivo y eso te va bien.

Iza to (3)

Hace un año, te fuiste.  Hace un año recibimos una llamada. Tu hijo fue a buscarte. Todos te buscamos. El clima era horrendo. El lodo arruinó los caminos del bosque. De ti no encontramos nada. Una tormenta no te había tomado por sorpresa en años y, por supuesto, ese día no fue la excepción. Sabemos que te arrebataron de nosotros. Sé que no te fuiste a ningún bosque porque sé que no estabas cansado de vivir.

Te extrañamos.

 

 

 

 

  1. Yaba’ chhel. En zapoteco cajón o villalteco, el más parecido al que hablaba mi abuelo, significa “cielo de noche”.
  2. Padioxh xagolh. La palabra “padioxh” se utiliza indistintamente en su comunidad para saludar a cualquier hora del día. Y, aunque no tan frecuente, para despedirse. “Xagolh”, significa “abuelo” y él se ponía muy feliz cuando le decía así con mi mal acento.
  3. Iza to. “Año uno”. Después de que aprendí algunas palabras, mi abuelo se esforzó para que yo aprendiera a contar. Con sus dedos resecos pasaba uno y otro dedo enseñándome “to, chope, shone, tapi, gayo’…”.
  4. Lo último que queda. “Caxhon” (cajón) es la forma en que se llaman algunos zapotecos de la zona más alta de la Sierra de Juárez.
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