Lo mejor que le podía pasar: salir. Aprendió a reconocer señales que le indicaban que era momento de salir. Si veía que sacábamos su jaula transportadora, se metía solo. Si veía que iríamos en el auto, jalaba una manta donde se echaba. Si yo tomaba una bolsa de plástico y escuchaba las llaves, me llevaba su correa. En todas hacía un terrible escándalo. “Suena como un vocho descompuesto”, decía mi hermano.

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