Cuando lo enterrábamos, no tardé en notar que había vivido 12 años y 6 meses, justo la mitad de mi vida. Que hizo su última travesura a las 3am y se fue a la hora que siempre pedía que le abrieran la puerta. Agradecí de que todo fue muy rápido, lo suyo no era estarse quieto. Yo no había podido imaginarme cómo cuidarlo si se complicaba alguno de sus tumores.

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