Archivos para 23 abril 2014

Esperando al presidente

(Veracruz. Cien años de la gesta heroica de Veracruz: invasión estadounidense) 

(Veracruz. Cien años de la gesta heroica de Veracruz: invasión estadounidense)

A GIOVANNI LE DIJERON QUE SERÍA RÁPIDO. A su mamá, también; por eso ella aceptó dejarlo al rayo del sol. Su padre los convencióde que Giovanni aún no sabe comportarse en un evento oficial: está en esa etapa en la que es tan inquieto como un niño y tan histriónico como un adolescente. Pero el sol comenzó a vulnerar los cuerpos y Giovanni se abrió paso entre los oficiales y guardias presidenciales, entró a la carpa, subió las gradas y, chorreando en sudor, sorprendió a su madre. Habían pasado horas y el presidente aún no llegaba.

Bajo la carpa, el maquillaje de las invitadas se desvanecía por culpa del bochorno atrapado. La llovizna mañanera no se convirtió en lluvia y, como bien lo advirtió el taxista antes, “eso hace peor al calor”. La humedad estaba haciendo de las suyas. Casi medio centenar de abanicos se movían dócilmente para darle unos minutos más de vida al maquillaje. De vez en vez, los maridos acercaban sus caras a los hombros de sus esposas para recibir un poco del aire. Una anciana ofreció su abanico a su aún más anciano esposo, pero él se negó. Los abanicos son privilegio de las mujeres, y él y todos los uniformados —y quizás todos los hombres del mundo—se han resignado a aceptarlo.

Giovanni no había encontrado lugar. Tenía los pies en las gradas de invitados y la espalda recargada en las gradas para la prensa. Su cuerpo formaba un puente bajo el cual pasaba una y otra vez la responsable de Comunicación Social de la Marina. Era claro que la joven sufría. “Seguro no es de puerto”, dijo un almirante mientras veía las mejillas chapeadas y los ojos confundidos de la pobre mujer embutida en un traje sastre blanco de poliéster, camisa de manga larga sellada con una corbata. Cuando la oportunidad la llevaba junto a las bocinas y la lista de control de prensa, debajo de las gradas, aprovechaba para quitarse la gorra y abanicarse un poco. Sólo en ese momento se notaba que el sufrimiento era mayor: su pelo estaba mojado y de la orilla interna de la gorra escurría sudor.

La madre de Giovanni había dejado de escuchar las últimas noticias que se contaban las mujeres a su lado. Que si sus esposos habían sido comisionados a Salina Cruz, que si ya llevaban mucho tiempo en la Escuela Naval, que fulanita ya se mudó a Manzanillo, que perengana ya vive ahí porque sus hijos decidieron quedarse a estudiar la universidad. Ella les sonreía y asentía mientras tenía pegada la oreja al celular intentando una y otra vez llamar a su esposo para encontrarle un lugar a Giovanni. No lo logró y no lo lograría. Desde temprano, la señal de celular había sido bloqueada en el perímetro donde se movería el presidente. Aún así, no tenía el alcance deseado. A ella, que estaba más cerca de donde estaría el presidente, le afectaba; pero a un reportero de la grada de a lado, un poco más lejos, no.

Los helicópteros comenzaron a sobrevolar el puerto de Veracruz al amanecer. El equipo de avanzada de guardias presidenciales llegó una noche antes. Soldados y policías federales vigilaban las zonas por donde se movería el presidente, estaban en los camellones, en las banquetas, en los puentes.  El acceso a la Tercera Zona Naval fue cerrado y la parte más cercana del Boulevard Ávila Camacho parecía haber sido desalojada. Hombres vestidos de guayaberas y pantalón negro miraban a la cara a cada uno de los asistentes y lanzaban órdenes a los vigilantes de las rejas, que vestían de negro y que su semblante parecía decir que hasta secarse el sudor era un distractor.

Si la gente invitada para presenciar el desfile casi como lo vería el presidente (o para ver a sus hijos marchar por primera vez) quería conseguir un asiento, a pesar de tener boleto, tenía que llegar antes de las 10:30.  Marinos y militares hicieron cumplir a sus familias esa orden. Sus gradas estaban llenas a la hora citada y las sillas que les correspondían bajo la carpa donde estaban Giovanni y su mamá, también. Pero había asientos vacíos y Giovanni no podía sentarse en ninguno de ellos. Estaban apartados. Se leía: Diputado local, Gobierno federal, Gobierno del Estado. Casi todos se ocuparon más tarde, con un tiempo más adecuado de anticipación para un discurso que se esperaba a mediodía.

Llamaron a ocupar los asientos. La mamá de Giovanni hizo recorrer a dos personas para hacerle un espacio entre dos sillas. Giovanni la desobedeció y ocupó una silla de una hilera que quedó vacía: Gobierno del Estado. Frente a los invitados, separados por una calle y el mar, se observaban otras gradas ocupadas por cientos de elementos que llevaban horas bajo el sol, sentados y ensayando mosaicos precisos a la orden de un silbato para ilustrar los discursos y entretener al presidente y a los asistentes. Al menos, ellos estaban sentados. A sus espaldas, en un barco, montaban guardia unos 30 marinos sobreviviendo bajo uniformes blancos de poliéster, de cuello alto y manga larga. Inmóviles. Y ahí estuvieron antes de que los invitados llegaran.

Quitaron la música de danzón. De las bocinas se escuchó algo que pareció ser un programa de radio. Dijeron que a mediodía (en unos minutos), se entonaría el Himno Nacional para recordar a los caídos en la última defensa del puerto de Veracruz, hace 100 años. Se entiende que no importa dónde estés, que salgas de tu auto, de tu casa, de tu trabajo y cantes. Regresa la música. Se vuelve a ir. Una voz en micrófono dice que se guardará un minuto de silencio. Cierran el micrófono. Entra lo que debió ser música… pero se escucha la grabación de un cómico. Queda el planteamiento de lo que tiene pinta de ser un chiste y súbitamente apagan las bocinas. Ni radio, ni comedia, ni Himno. Se escucha el murmullo de la gente decepcionada por no saber en qué acaba el chiste. “A alguien lo van a regañar”, dice un almirante y un piloto y las señoras de enfrente le dan la razón. Ya es mediodía. Regresa el sonido del radio. Entra el Himno Nacional. Se empalma con ruido. Se deja de escuchar el radio. Hay silencio, pero no se sabe si es el minuto que se había pedido. Entra el Himno. Acaba. Algunos en las sillas se ríen. Giovanni se ríe y le grita a su mamá que ya se quiere ir. “El presidente aún no ha llegado”, le dice con cara de regaño.

La gente lo sabe. De las gradas salen mujeres que se encaminan a los baños. La gente en la carpa está parada y platica. Los cadetes están en posición “a discreción” y aprovechan para acomodar sus gorras aunque no puedan quitárselas. Parece que los cadetes militares sufren un poco más bajo el uniforme negro. Una mujer regresa después de un intento fallido al baño. Dice que no se meterá a esos saunas apestosos para sudar más. A estas alturas, los abanicos se agitan rápido con toda la intención de despegar las melenas del cuello de las mujeres. Los cabellos están fijados y húmedos por un refrescante e indeseable sudor. Giovanni está absorto en su celular. De la grada de prensa se escucha un grito. Y, aunque distrae a algunos, la mayoría no le hace caso… incluyendo el receptor.

“¡Ey! ¿Café mañana?”, grita un periodista a uno de los asistentes. Sólo se ve una cabeza que asiente y se incorpora de nuevo a la conversación. “¡Ey! ¡Te llamo!”, le grita a alguien más. Y así, en cada oportunidad, grita algún invitado que repentinamente se distrae. “¡Senador! Platicamos”. “Sí sí sí”, le dan por su lado. Uno le contesta, “¿ahora sí te importa? Nos tienes abandonados”. “Te veo en el Congreso”, le contesta uno. “¡Gobernador, gobernador! Lo veo esta semana”. Se sienta satisfecho al ver la mirada de que lo han reconocido y busca la mirada de sus otros compañeros. La mayoría ni siquiera le ha prestado atención, excepto una, a la que le comenta algo siempre que uno de sus gritos ha sido respondido y ve que lo observa.

Una señora pregunta a la mujer de a lado si es muy tarde como para ir al baño. Entonces, en el cielo, se ve un avión con un detalle rojo en la cola. “Es el avión presidencial, apenas va llegando”. Como si el avión fuese a aterrizar ahí, la señora se resigna a no ir al baño. Algunos comienzan a regresar a sus asientos, pero otros no lo han notado. Giovanni escucha, y sin dejar de mirar su celular, sugiere que alguien le avise al presidente que llegará una hora tarde.

Viene de la Ciudad de México, tuvo que recibir al jeque Mohammed Bin Rashid Al Maktoum, de los Emiratos Árabes Unidos y luego regresará porque tiene que estar en el homenaje a García Márquez. “Bueno, pero esto lleva planeándose un año”, dice la mamá de Giovanni cuando escucha que el presidente quizás está retrasado por culpa de “un árabe”. Un señora le dice que su marido la obligó a ir y que le prometió que no tardaría tanto. “¿Quién? ¿El presidente?”, pregunta la mamá de Giovanni. “No, el evento”, contesta la señora. Entonces, empiezan a hablar de lo molesto que es ir a los eventos oficiales, que se interponen en sus actividades diarias, que qué bueno que es en vacaciones porque, si no, llegarían ya tarde por sus hijos a la escuela, que eso de andar con vestido formal no es lo suyo aunque les encante ir de compras, que el maquillaje no está hecho para esos climas y una señora halaga la pulcritud del rostro de la mamá de Giovanni. Ella le agradece, le sonríe, pero no revela el secreto de ese maquillaje tan bien logrado y conservado.

Ha llegado el presidente con una hora de retraso. Los invitados llevan ahí unas tres horas. Los cadetes, quizás cuatro. El grupo de avanzada, un día. Los preparativos, un año. El último acto heroico, un siglo. El puerto de Veracruz, 496 años. Piden apagar los celulares o ponerlos en modo silencio. La anciana oprime el botón equivocado y el timbre de su celular se activa, su anciano esposo le da un bastonazo en la bolsa y le ordena que apague el aparato. Giovanni está dormido.