Archive for the ‘ Crónicas ’ Category

Esperando al presidente

(Veracruz. Cien años de la gesta heroica de Veracruz: invasión estadounidense) 

(Veracruz. Cien años de la gesta heroica de Veracruz: invasión estadounidense)

A GIOVANNI LE DIJERON QUE SERÍA RÁPIDO. A su mamá, también; por eso ella aceptó dejarlo al rayo del sol. Su padre los convencióde que Giovanni aún no sabe comportarse en un evento oficial: está en esa etapa en la que es tan inquieto como un niño y tan histriónico como un adolescente. Pero el sol comenzó a vulnerar los cuerpos y Giovanni se abrió paso entre los oficiales y guardias presidenciales, entró a la carpa, subió las gradas y, chorreando en sudor, sorprendió a su madre. Habían pasado horas y el presidente aún no llegaba.

Bajo la carpa, el maquillaje de las invitadas se desvanecía por culpa del bochorno atrapado. La llovizna mañanera no se convirtió en lluvia y, como bien lo advirtió el taxista antes, “eso hace peor al calor”. La humedad estaba haciendo de las suyas. Casi medio centenar de abanicos se movían dócilmente para darle unos minutos más de vida al maquillaje. De vez en vez, los maridos acercaban sus caras a los hombros de sus esposas para recibir un poco del aire. Una anciana ofreció su abanico a su aún más anciano esposo, pero él se negó. Los abanicos son privilegio de las mujeres, y él y todos los uniformados —y quizás todos los hombres del mundo—se han resignado a aceptarlo.

Giovanni no había encontrado lugar. Tenía los pies en las gradas de invitados y la espalda recargada en las gradas para la prensa. Su cuerpo formaba un puente bajo el cual pasaba una y otra vez la responsable de Comunicación Social de la Marina. Era claro que la joven sufría. “Seguro no es de puerto”, dijo un almirante mientras veía las mejillas chapeadas y los ojos confundidos de la pobre mujer embutida en un traje sastre blanco de poliéster, camisa de manga larga sellada con una corbata. Cuando la oportunidad la llevaba junto a las bocinas y la lista de control de prensa, debajo de las gradas, aprovechaba para quitarse la gorra y abanicarse un poco. Sólo en ese momento se notaba que el sufrimiento era mayor: su pelo estaba mojado y de la orilla interna de la gorra escurría sudor.

La madre de Giovanni había dejado de escuchar las últimas noticias que se contaban las mujeres a su lado. Que si sus esposos habían sido comisionados a Salina Cruz, que si ya llevaban mucho tiempo en la Escuela Naval, que fulanita ya se mudó a Manzanillo, que perengana ya vive ahí porque sus hijos decidieron quedarse a estudiar la universidad. Ella les sonreía y asentía mientras tenía pegada la oreja al celular intentando una y otra vez llamar a su esposo para encontrarle un lugar a Giovanni. No lo logró y no lo lograría. Desde temprano, la señal de celular había sido bloqueada en el perímetro donde se movería el presidente. Aún así, no tenía el alcance deseado. A ella, que estaba más cerca de donde estaría el presidente, le afectaba; pero a un reportero de la grada de a lado, un poco más lejos, no.

Los helicópteros comenzaron a sobrevolar el puerto de Veracruz al amanecer. El equipo de avanzada de guardias presidenciales llegó una noche antes. Soldados y policías federales vigilaban las zonas por donde se movería el presidente, estaban en los camellones, en las banquetas, en los puentes.  El acceso a la Tercera Zona Naval fue cerrado y la parte más cercana del Boulevard Ávila Camacho parecía haber sido desalojada. Hombres vestidos de guayaberas y pantalón negro miraban a la cara a cada uno de los asistentes y lanzaban órdenes a los vigilantes de las rejas, que vestían de negro y que su semblante parecía decir que hasta secarse el sudor era un distractor.

Si la gente invitada para presenciar el desfile casi como lo vería el presidente (o para ver a sus hijos marchar por primera vez) quería conseguir un asiento, a pesar de tener boleto, tenía que llegar antes de las 10:30.  Marinos y militares hicieron cumplir a sus familias esa orden. Sus gradas estaban llenas a la hora citada y las sillas que les correspondían bajo la carpa donde estaban Giovanni y su mamá, también. Pero había asientos vacíos y Giovanni no podía sentarse en ninguno de ellos. Estaban apartados. Se leía: Diputado local, Gobierno federal, Gobierno del Estado. Casi todos se ocuparon más tarde, con un tiempo más adecuado de anticipación para un discurso que se esperaba a mediodía.

Llamaron a ocupar los asientos. La mamá de Giovanni hizo recorrer a dos personas para hacerle un espacio entre dos sillas. Giovanni la desobedeció y ocupó una silla de una hilera que quedó vacía: Gobierno del Estado. Frente a los invitados, separados por una calle y el mar, se observaban otras gradas ocupadas por cientos de elementos que llevaban horas bajo el sol, sentados y ensayando mosaicos precisos a la orden de un silbato para ilustrar los discursos y entretener al presidente y a los asistentes. Al menos, ellos estaban sentados. A sus espaldas, en un barco, montaban guardia unos 30 marinos sobreviviendo bajo uniformes blancos de poliéster, de cuello alto y manga larga. Inmóviles. Y ahí estuvieron antes de que los invitados llegaran.

Quitaron la música de danzón. De las bocinas se escuchó algo que pareció ser un programa de radio. Dijeron que a mediodía (en unos minutos), se entonaría el Himno Nacional para recordar a los caídos en la última defensa del puerto de Veracruz, hace 100 años. Se entiende que no importa dónde estés, que salgas de tu auto, de tu casa, de tu trabajo y cantes. Regresa la música. Se vuelve a ir. Una voz en micrófono dice que se guardará un minuto de silencio. Cierran el micrófono. Entra lo que debió ser música… pero se escucha la grabación de un cómico. Queda el planteamiento de lo que tiene pinta de ser un chiste y súbitamente apagan las bocinas. Ni radio, ni comedia, ni Himno. Se escucha el murmullo de la gente decepcionada por no saber en qué acaba el chiste. “A alguien lo van a regañar”, dice un almirante y un piloto y las señoras de enfrente le dan la razón. Ya es mediodía. Regresa el sonido del radio. Entra el Himno Nacional. Se empalma con ruido. Se deja de escuchar el radio. Hay silencio, pero no se sabe si es el minuto que se había pedido. Entra el Himno. Acaba. Algunos en las sillas se ríen. Giovanni se ríe y le grita a su mamá que ya se quiere ir. “El presidente aún no ha llegado”, le dice con cara de regaño.

La gente lo sabe. De las gradas salen mujeres que se encaminan a los baños. La gente en la carpa está parada y platica. Los cadetes están en posición “a discreción” y aprovechan para acomodar sus gorras aunque no puedan quitárselas. Parece que los cadetes militares sufren un poco más bajo el uniforme negro. Una mujer regresa después de un intento fallido al baño. Dice que no se meterá a esos saunas apestosos para sudar más. A estas alturas, los abanicos se agitan rápido con toda la intención de despegar las melenas del cuello de las mujeres. Los cabellos están fijados y húmedos por un refrescante e indeseable sudor. Giovanni está absorto en su celular. De la grada de prensa se escucha un grito. Y, aunque distrae a algunos, la mayoría no le hace caso… incluyendo el receptor.

“¡Ey! ¿Café mañana?”, grita un periodista a uno de los asistentes. Sólo se ve una cabeza que asiente y se incorpora de nuevo a la conversación. “¡Ey! ¡Te llamo!”, le grita a alguien más. Y así, en cada oportunidad, grita algún invitado que repentinamente se distrae. “¡Senador! Platicamos”. “Sí sí sí”, le dan por su lado. Uno le contesta, “¿ahora sí te importa? Nos tienes abandonados”. “Te veo en el Congreso”, le contesta uno. “¡Gobernador, gobernador! Lo veo esta semana”. Se sienta satisfecho al ver la mirada de que lo han reconocido y busca la mirada de sus otros compañeros. La mayoría ni siquiera le ha prestado atención, excepto una, a la que le comenta algo siempre que uno de sus gritos ha sido respondido y ve que lo observa.

Una señora pregunta a la mujer de a lado si es muy tarde como para ir al baño. Entonces, en el cielo, se ve un avión con un detalle rojo en la cola. “Es el avión presidencial, apenas va llegando”. Como si el avión fuese a aterrizar ahí, la señora se resigna a no ir al baño. Algunos comienzan a regresar a sus asientos, pero otros no lo han notado. Giovanni escucha, y sin dejar de mirar su celular, sugiere que alguien le avise al presidente que llegará una hora tarde.

Viene de la Ciudad de México, tuvo que recibir al jeque Mohammed Bin Rashid Al Maktoum, de los Emiratos Árabes Unidos y luego regresará porque tiene que estar en el homenaje a García Márquez. “Bueno, pero esto lleva planeándose un año”, dice la mamá de Giovanni cuando escucha que el presidente quizás está retrasado por culpa de “un árabe”. Un señora le dice que su marido la obligó a ir y que le prometió que no tardaría tanto. “¿Quién? ¿El presidente?”, pregunta la mamá de Giovanni. “No, el evento”, contesta la señora. Entonces, empiezan a hablar de lo molesto que es ir a los eventos oficiales, que se interponen en sus actividades diarias, que qué bueno que es en vacaciones porque, si no, llegarían ya tarde por sus hijos a la escuela, que eso de andar con vestido formal no es lo suyo aunque les encante ir de compras, que el maquillaje no está hecho para esos climas y una señora halaga la pulcritud del rostro de la mamá de Giovanni. Ella le agradece, le sonríe, pero no revela el secreto de ese maquillaje tan bien logrado y conservado.

Ha llegado el presidente con una hora de retraso. Los invitados llevan ahí unas tres horas. Los cadetes, quizás cuatro. El grupo de avanzada, un día. Los preparativos, un año. El último acto heroico, un siglo. El puerto de Veracruz, 496 años. Piden apagar los celulares o ponerlos en modo silencio. La anciana oprime el botón equivocado y el timbre de su celular se activa, su anciano esposo le da un bastonazo en la bolsa y le ordena que apague el aparato. Giovanni está dormido.

 

 

 

Badú. Historia de un perro loco y de corazón redondo

Un soldado con antojo

— ¿Es en serio? ¿Tienes que hacer del baño AQUÍ? ¿No puedes aguantarte a que entremos al Estado (de México)?

— No, ya, me urge. No llego a la siguiente caseta, ni a la siguiente siguiente. Mucho menos al Estado.

— Pues ya qué, paremos aquí (Ecuadureo). Pero te apuras.

En la autopista Guadalajara-Atlacomulco a alguien le traicionó su vejiga. No hubo manera humana de convencerle de que se aguantara un par de horas. Nadie quería parar en Michoacán, porque apenas habían pasado dos días del asesinato del vicealmirante Ramonet en un camino externo entre la caseta de Ecuadureo y la de Churintzio. Es incómodo transitar entre camionetas que circulan con las placas ocultas, camionetas destartaladas con paquetes mal envueltos en sus cajuelas abiertas, camiones de carga con cerdos apilados en cuatro niveles, camiones de transporte de personal militar en su límite de cupo, patrullas de la PF que te que rebasan y sedanes lentos por el exceso de peso. Pero a esa vejiga poco le importó en qué lugar nos hizo parar.

Al entrar a una de las bahías de estacionamiento de la alianza Subway-O2 que cubre casi todos los puntos de descanso en Michoacán, el conductor dudó dónde estacionarse. Al quedarse ahí, en la entrada, detenido, logró la atención de todos los soldados que viajaban en dos camiones de transporte de personal y dos ambulancias. Todos miraron al conductor y al copiloto. Todos recargaron su mano en sus armas.

— ¡Caray! ¿Qué esperas? ¡Ya, estaciónate!

Cuando nos detuvimos, ya algunos soldados se habían recargado a un lado de uno de los camiones, parecía que querían mirarnos bien. Un par de enfermeras, vestidas como soldados, ayudaban a una mujer a bajar de una de las ambulancias. La mujer vestía una bata de hospital vieja y azul y unos Crocs rosa fucsia que rompían con el monocromatismo del camuflaje. Un limpiaparabrisas nos preguntó si limpiaba el auto y, con toda la desconfianza, me quedé ahí, para “vigilarlo”. Por supuesto, quien nos hizo parar ya estaba en el baño.

Enfrente de mí, había soldados estirando las piernas, soldados tronándose el cuello, soldados vigilando y vigilándonos, soldados comiendo chatarra, soldados que no querían asolearse y preferían quedarse en el camión. Uno de esos prendió su grabadora que, con un estruendo semejante a banda norteña, rompió con la relativa tranquilidad de la parada. Digo semejante porque no alcancé a escucharlo, su compañero de a lado le dio un manotazo, le gritó un “¡SH!” y le ordenó que apagara la grabadora. Ellos me miraban y yo como que los miraba porque quería vigilar al limpiaparabrisas.

Por fin, cuando me aseguré de que el limpiaparabrisas no había anotado nuestras placas, no revisó lo que dejamos dentro de la camioneta y los seguros estaban puestos, aproveché para ir al O2 (algo así como un Oxxo). Allí había un soldado, rondando entre los estantes, abriendo los refrigeradores, tomando bolsas de papas, de chocolates y devolviéndolos a su lugar. Un compañero lo seguía y lo apuraba.

Entré al baño, ahí estaban las dos enfermeras vestidas de soldado esperando a la señora de la bata azul. Platicaban. Una, la más joven, le contaba a la otra que le comisionaron en Michoacán. La otra, una mujer de facciones rudas, le decía que ella sólo iba de ida-vuelta, que entró a las 7 pero que iba en la ambulancia por si tenían que hacer una intervención venosa. La más joven, como sin querer saber de la vida de la otra, como queriendo desahogarse, le contesta: “yo no quiero venir a Michoacán”. La otra la mira como si no hubiese escuchado nada, “lo bueno es que regreso mañana”.

Al salir, el soldado que paseaba entre los estantes estaba platicando con el vendedor. Su compañero se veía desesperado. Tomé un chocolate y me formé atrás de él y su arma.

— Es que tengo antojo y no sé de qué –dijo el soldado mientras tomaba distintas chatarras, miraba la envoltura, los volteaba y los regresaba.

El vendedor pide que se haga a un lado para cobrarme. Salgo del O2 y un soldado cuyo único rasgo que distinguí fueron unos ojos verdes, me intenta saludar, pero se traba, se le va la voz. Uno de sus compañeros se burla de él. Veo que en la autopista pasa otro camión militar, en él van dos soldados cuidando un enorme refrigerador de Pepsi que va junto a la cabina y sin asegurar.

Regreso al auto, abro mi chocolate y todos los soldados empiezan a regresar a los camiones: las dos enfermeras, el de ojos verdes, el que esperaba en la tienda, los que se estiraban. Veo al soldado de la tienda regresar hasta el final, feliz. Lo apura uno de sus compañeros. Cuando pasa a mi lado, me muestra un chocolate como el mío y rápido me dice algo como “es que tenía antojo”. Así como nosotros estábamos ahí por una vejiga, me hizo pensar que ahí estaban unos 40 soldados por un chocolate…

La belleza del dolor (Día Nacional del Pole Urbano)

Todas las presentes tenemos moretones visibles. Nos vemos cada uno de los golpes y nos sonreímos comprensivas.

Le dije a una chica que casi no me gusta llevar las piernas descubiertas porque las manchas verdosas y violetas siempre saltan a la vista. Ella me mostró sus golpes. Recordamos los que hemos tenido en los brazos, en las costillas, en la cadera… incontables. Y somos felices. Pocas veces hay tantas mujeres reunidas que tengan tantos golpes y estén tan sonrientes.

***

El moretón se porta como un trofeo.

***

“Vas”.

Frente a frente. La mano que acomoda toma el tubo. (Que quede sobre la cabeza). La otra queda debajo, a la altura de la cara. Jalan. Fuerte. Jalan el cuerpo y los pies se despegan del suelo. La cara mira sobre las manos. El cuerpo paralelo al tubo se queda un momento estático. La cadera se mueve a un lado. Se balancea el cuerpo. Uno, dos. Uno, dos, tres. Unodostrescuatro. Los que se necesiten. Los pies se lanzan al frente. La cadera hacia arriba.  Ahora la cabeza mira al suelo. Las manos permanecen en el mismo lugar. Las piernas abiertas, los pies en punta. Un momento. La foto.

“Ya hiciste V, ahora Escorpio”.

Una de las piernas engancha el tubo bajo la rodilla. Aprieta. Apunta. La otra pierna apunta hacia abajo y aprieta el tubo. Estira el cuello. Una de las manos se suelta. Cabildea la textura, estabilidad, fijación, seguridad del tubo. Y suelta la mano. El cuerpo queda colgado de la pierna, apoyado al tubo sólo entre la cadera y las costillas.

“Cristo”.

Las piernas se estiran. Enlazan el tubo. Lo aprietan fuerte con rodillas, muslo y toda la piel posible. Las manos que habían regresado al tubo están listas para soltarlo. Los ojos al suelo.

“Listo”.

Las manos regresan al tubo. Jalan el cuerpo. La cabeza ya hacia arriba. Las piernas bajan. Descanso. Sentada en el tubo. Foto. Las manos toman con fuerza nuevamente. Las piernas bajan lentamente. El cuerpo vuelve a estar paralelo al tubo. Bajar. Con delicadeza. Bella.

“Voy yo, ayúdame que voy a intentar…”

***

Así de fácil es el Pole Dance.

***

poledance

El pinino de una amiga

“Au, au, au, toma la foto”. Sonrisa. “¿Ya?”. Flash. “Au, au, au. Duele”. Sonrisa. Foto.

Encantadora.

Baja el cuerpo. La parte interna del brazo arde. La piel de la cintura está roja con puntos morados. La foto está impactante. Tendrá muchos likes en Facebook.

La foto: Ella sonríe. La cintura está recargada en el tubo. La parte interna del brazo de ese lado aprieta el tubo, poco debajo de la axila. Sostiene el pie. La otra mano hace lo mismo. Absolutamente nada del cuerpo toca el suelo. El único apoyo: la palanca que se hace al apretar el tubo con el brazo y la cintura. No más.

***

Esto es adictivo. Este bello dolor.

***

Mi turno.

Hasta lo más alto del tubo. ¿Seis metros? Quizás. Tanta altura hace feliz. No es tan fácil de encontrarla en un lugar techado.

Sentada. Las piernas abrazan el tubo. Descanso antes de hacer cualquier pirueta. Miro desde lo más alto, sobre el parque en medio de Coapa.

El primer día que fui a clase no pude cargarme. Al día siguiente desperté con un dolor de cuerpo que pocas veces había sentido. Consciente de cada músculo. Tardé mucho, mucho más, que mis compañeras en poder sentarme en el tubo sin gritar del dolor y querer bajarme de inmediato.

Pero no. Este dolor es bello… y lo bello, es adictivo. Y cuando lo bello lo hace tu cuerpo, siempre se busca más.

Solalinde’s Resort: El refugio de los migrantes

MOSQUITOS Y UN GATO llamado ‘Glande’ me torturaron todas las noches que pasé en la palapa del albergue para migrantes Hermanos en el Camino. Los mosquitos no dejaron de zumbar en mis oídos y me daba un poco de miedo porque habían varios casos de dengue. Para colmo, Glande tenía la mala costumbre de saltar sobre el mosquitero, varias veces me asustó al caer sobre mi panza, acostado en mi pecho y viéndome a la cara. De esa  visita salió el texto Las preocupaciones del padre Solalinde publicado en la revista Domingo de El Universal hace como un mes. Sinceramente postergué hacerle publicidad por acá. Pero ya que estamos en eso, les dejo la historia de Pedro –que no está incluida en el texto.

Pedro, hondureño, me pareció un personaje contrastante: alto y delgado siempre actuó con desapego, incluso amenazante al dar a entender que, quizás, mañana ya no estaría. Le costaba mucho comprometerse con algo, quería estar en una situación de invisibilidad pero no, a la vez le gustaba que le reconocieran que su trabajo rendía frutos. Se comportaba antisocial y a veces hasta cortante y grosero con otros migrantes. Parecía estar siempre enojado. Fue hasta que lo acompañé a la granja que se abrió, me contó su historia, me habló del dolor que le provocaba no poder ver a su hijo que, desde que estaba en Honduras, la madre no le había dejado ver. Me dijo que le gustaba el campo y que le preocupaba mucho que sus hermanos menores se vieran tentados por las pandillas, que también por ellos trabajaba.

Cuando le tomé la foto que aparece abajo, me dijo algo como “intentaré sonreír, pero hoy sí estoy que me lleva”. Pedro estaba muy enojado porque había perdido a su perro. Se sentía vulnerable y frustrado porque no le gusta expresar sus sentimientos. Desde que llegué, todos me hablaron del “perro más hermoso”, pero nunca lo conocí. Cuando por fin visité la granja, habían pasado unas cuantas horas de que se había ido ese perro indescriptiblemente hermoso.

Pedro posa en el patio techado que se utiliza como lugar de descanso y capilla

Pedro posa en el patio techado que se utiliza como lugar de descanso y capilla

Pedro se quedó sin Oso

Se escuchan los piecitos de Viviana (7 años) acercarse. En la oficina del albergue los voluntarios se preparan para recordarle que los niños no pueden entrar. Viviana llega a una media reja que la hace de frontera entre la oficina administrativa y el espacio donde andan migrantes, niños y perros.

— ¡Se llevaron a Oso! ¡Se llevaron a Oso! Pedro está triste. Se lo llevó una señora con zapatos—grita Viviana a Celeste y John, y comienza a contar la historia, mientras trepa por la reja para entrar a la oficina.

Cuando termina de relatar el doloroso suceso del “robo” del perro “más hermoso”, Viviana ya está dentro de la oficina. Los voluntarios sólo ríen. Prestaban no menos atención a la historia que la ‘discreta’ escalada de Viviana por la reja.

En la granja, Pedro no quiere ver a nadie.

— Se llevaron a lo único que yo podía querer, lo único que yo amaba aquí. Nadie lo quería, el pobre estaba flaco y feo, pero me lo llevé a la granja y lo cuidé. Lo bañaba, le cambiaba el agua, le daba de comer tres veces al día. Le conseguía carne. Se puso chulo el perrito y ahora se lo llevan, lo regalan cuando todos sabían que era mío.

Pedro recorre la granja: un terreno de hierba que comparte un poco de espacio con la cancha de futbol del albergue, apartado de los dormitorios, que el padre Alejandro Solalinde logró comprar con varios trucos porque en el pueblo se oponían que sirviera para los migrantes. Los cerdos necesitan ser castrados, uno se guarda para Navidad, pero los otros tendrán que venderse. Él no se quiere hacer cargo de la castración, los cerditos ya están muy grandes y podrían desangrarse. Pedro baja los ojos cuando pasa junto a los platos donde comía Oso y no puede evitar recordar al cachorro.

— Así es la gente, no’más ve que uno comienza a querer algo y se lo quitan, porque creen que tiene algún valor… yo hoy no quiero ver a nadie, se llevaron a lo único que quería. ¡Mala es la gente!

En las jaulas, las gallinas están logrando poner casi treinta huevos. Todos los guajolotes tienen nido.  Eso no alcanza para dar de comer a todos en el albergue, mucho menos cuando llegue el nuevo tren, Pedro hace algunas cuentas pero no deja de pensar en Oso, y de arrepentirse por prestarle tanto cuidado. Desde que dejó Honduras, cuenta, no había querido a nadie así. Compara el arrebato de Oso con el de su hijo. La familia materna no deja que Pedro vea al niño, y la madre apenas está logrando que acepten a Pedro. El dinero que gana como encargado de la granja del albergue lo manda para los gastos del niño en Honduras. Por el momento, dice que vive ahí, porque el padre le ofreció ayuda para realizar sus trámites ante Migración.

Pedro propone sembrar calabaza, ajo, cebolla y melón en un pedazo de terreno que aún no tiene cultivo. Una organización había propuesto un sistema de riego, pero en meses no ha hecho nada. Pedro sabe de agricultura y quiere ser el único responsable. Solalinde lo anima a vender cerdos y variar los cultivos. El dinero podría usarse para el albergue, comprar más cerdos y lograr fijar un ingreso mensual; las verduras ayudarían a variar un poco los caldos de todos los días. Pero Pedro no quiere comprometerse tanto, quiere arreglar sus papeles e irse para hacer más dinero.

Quiere recuperar a su hijo y olvidarse de Oso.

Regresando a las andanzas

Caminar es un proceso difícil, va más allá de colocar un pie frente a otro:  hay que estar convencido de querer hacerlo, se recomienda fijar un destino y es indispensable saber ejecutarlo con simulada destreza por si un día fuera la única técnica disponible para trasladarse. Hay quien cree que si se puede llegar a un lado de otra manera, ¿por qué hacerlo caminando?
Hoy (lunes) convertí 20 pesos de taxi o 3 pesos de pesero o 12 pesos de estacionamiento en poco menos de 200 calorías quemadas en 17 minutos. El súper está más cerca de mi casa de lo que pensaba en los casi seis años que llevo viviendo donde ahora.
Todavía cuando me mudé, caminaba. Tenía recién cumplidos 18 y no me gustaba llegar rápido a casa. Pero el tiempo pasó y me convertí en una experta en taxis. Hasta llegar a este punto en que sé medir distancias en tiempo y dinero taximétrico. En que le asigné un valor a mi sueño y prefería pagar 50 pesos por dos taxis y un viaje en metro que despertar media hora antes o manejar por 70 minutos. En que le pregunto a Google por rutas y tiempo estimado de traslados.
Hoy caminé. Lo planeé con dos días de anticipación y decidí que hoy era EL día. Calculé que la hazaña me llevaría 2 horas: una para el súper y otra para el camino de ida y vuelta. Serían 30 minutos por caminata, ante cualquier imprevisto. No sé qué imprevisto pueda haber cuando uno decide caminar, ¿un tobillo torcido? ¿encontrar a alguien en estos tiempos en los que nadie camina? En fin, calculé que serían treinta minutos.
Caminar fue un proceso renovador. Comenzando con mis perturbadas rodillas adoloridas por culpa de las horas nalga que me ha cobrado eso de la ‘periodisteada’ independiente y regresar a la ‘estudiada’. Recordé que mi madre iba por mí a la primaria caminando con mi perro y yo me enojaba porque todos los niños se iban en carro. Ella decía que era porque no podía subir al perro en el auto. Después supe que caminar era una de sus pasiones y que le había declarado la guerra a sus prematuras várices congénitas.
Al caminar, uno piensa demasiado. Un día, Alejandro Almazán me dijo que caminaba con su perro para pensar sus textos. Cuando yo caminaba distancias mayores de 10 minutos, pensaba en poemas, cosas de casa, la vida en general. Pero empecé a caminar por obligación, con el tiempo encima… y, en esas circunstancias, no se piensa mucho.
El punto es que llegué a un día como hoy. Descubrí dos tiendas de comida alternativa (muy adecuada a mi nuevo estilo de vida vegetariana), compré leche de coco en un lugar que siempre había visto al pasar en auto, un perro poodle me persiguió amenazante, vi un estanque Do It Yourself en el patio de una casa el cual podría replicar en la mía para mis tortugas, una mujer me dio un folleto religioso de apoyo a los deprimidos y redescubrí la música de mi iPhone: Metallica, Café Tacvba, Lamb of God, Staind y Monster Magnet. ¡Años que no me ponía unos audífonos al caminar!
Recordé que fue caminando cuando fragüé la idea de ser periodista. Estudiar la carrera recién se había unido a mis opciones. Adolescentemente me fui a caminar desde Pino Suárez hasta Reforma. Vi los rostros de quienes pasan en las calles, cuando me envolví en la multitud, cuando miraba a la gente como protagonista de la vida cotidiana, entendí que era eso lo que en los discursos se llama “pueblo” y que quería contar lo que veía, lo que hacían y lo que pensaban. Se me hizo costumbre en toda la adolescencia caminar sin rumbo, por el mero placer de hacerlo, caminar hasta que me dolieran los tobillos (lo primero que me duele) o se me antojara un café, siempre de esos desde los que se puede mirar hacia la calle y a su gente (caminando, por supuesto). Recordé lo fácil que es detenerse ante algo que te gusta, como el estanque, sin estorbar a nadie, sin buscar un estacionamiento, sin tener que pagar tiempo de espera.
Bebía mi helada leche de coco cuando evoqué un texto que me pegó, me obligó a cuestionarme sobre mis costumbres y del cual aún no tengo conclusión alguna más que poner cara de perrito regañado: Conversación con un ingeniero de tránsito.
En términos reducidos, obliga al lector a pensar si las necesidades de traslados de las generaciones que ahora defienden el uso de la bicicleta y el transporte público serán las mismas cuando tengan hijos  y se muden a “los suburbios” o trabajen en esos lugares de difícil acceso. Sí, yo defiendo los medios de transporte alternativos pero cuando uno conoce Constituyentes lo último que pasa por la cabeza es caminar o andar en bici o malparado en el transporte colectivo: Quiere un auto (y con chofer, por favor), donde pueda llevar su lunch, su café, su abrigo, escuchar su música favorita, solo, donde nadie lo toque (o toquetee)… Y así se pierde la bonita costumbre de caminar.
Entonces, llegué a donde tenía que llegar y compré más de lo que tenía que comprar. Esperé a la cajera y su lenta, cínica y torpe atención que no contemplé en los imprevistos. Me hizo perder ese tiempo que calculé para el regreso. Se me hizo tarde. Si tomaba el pesero, sería casi el mismo tiempo si caminaba. Calculé que serían 20-25 minutos porque el peso de las bolsas reduciría mi rendimiento. Eso, redondeando pasaría a ser una media hora. Tarde, muy tarde.
Y lo volví a hacer: pagué 20 pesos. Tomé taxi. Llegué en 8 minutos, incluyendo el camino a la calle para tomarlo y de la calle a mi casa. Convertí los 12 a 15 minutos “ganados” en 20 pesos. Porque, por lo visto, muy en el fondo sigo pensando que caminar es una pérdida de tiempo.
Cuando decidí ser vegetariana comencé ese mismo día, y en casi un mes no he tenido “recaídas”. Decir caminar, me costó días y en un par de horas sufrí dos recaídas.
Todo indica que regresar a las andanzas será mucho más difícil que dejar las exclusivas arracheras, el pollo al pesto, las costillas en salsa agridulce.

El último grito de Calderón, la versión desde la plancha del Zócalo

El Zócalo era una alberca. Un escuadrón de barrenderos ataviados con impermeables esperaban formados a que todos los asistentes dejaran la plaza. A los fuegos artificiales nadie los vio. Los que estuvieron presentes, huyeron con la lluvia. En la tele, los cortaron. Los que hablaban de El Grito, no dejaban de mencionar las luces láseres que apuntaron a la cara de Calderón desde que salió.

¿El láser en su rostro dejaría ver al presidente mexicano? Enfrente de él había mantas en su contra y en contra de su sucesor, la plancha del Zócalo estaba inundada y hubo conatos de enfrentamientos entre policías y jóvenes del movimiento #YoSoy132.

Era la última vez que ondearía la bandera mexicana y gritaría ¡Viva México! Ni por eso, la lluvia fue condescendiente con él. El agua tomó un suspiro quince minutos antes, cuando los animadores anunciaron que la ceremonia oficial comenzaba. Los asistentes parecían más alegres por la escampada que por ser, probablemente, la última vez que verían al presidente. El gusto no duró mucho.

Cuando en las pantallas se veía a Felipe Calderón tomando la bandera de manos de los cadetes militares, Tláloc se dejó venir con toda su fuerza. La lluvia era tan tupida que, desde la plaza del Zócalo, no se podía distinguir el balcón del Palacio Presidencial. Los jóvenes, que llevaban dos horas protestando, tuvieron un altercado con los policías. Imposible saber quién comenzó. Se abrió un círculo grande que dividió a los asistentes, con empujones separaron a quienes querían dar el Grito con la tradicional ceremonia y entre quienes querían boicotearlo. Los jóvenes pedían que levantaran a los niños. En una delgada franja quedaban personas angustiadas, molestas porque atentaban contra su festejo, algunos sin saber qué hacer, sólo daban las espalda a los manifestantes y a los policías, pero tampoco lograban unirse con los que sí celebraban, hasta el frente.

Desde allá abajo, no se veía nada. Y, quizás, desde arriba, tampoco.

Calderón entrecerraba los ojos, mientras los láseres le apuntaban a la cara. Él gritaba “¡Viva!” y abajo le respondían “¡Viva!” y “¡Asesino!”. Al son del repique de la campana de Independencia.

—¡Viva Hidalgo!

—¡Asesino!

—¡Viva Morelos!

—¡Espurio!

—¡Viva Josefa Ortiz de Domínguez!, ¡Viva Allende!, ¡Vivan Galeana y los Bravo! ¡Vivan Aldama y Matamoros! ¡Viva la Independencia nacional!

—¡Fraude!

—¡Viva México!, ¡Viva México!, ¡Viva México!

—¡Sin PRI!

La lluvia había sido dócil un par de horas antes. La cantante de rancheras Jenni Rivera apareció en el escenario frente a la Catedral. La corearon en el cuadrante más cercano. Pero en el cuadrante frente al Palacio Nacional con empujones, sin saber lo que iba a pasar, se abrió un círculo de unos 25 metros de diámetro. En él comenzó una pasarela de jóvenes con pancartas de #YoSoy132, aludiendo un fraude electoral, gritando contra el presidente. Cuando Jenni Rivera tomaba aliento entre canción y canción, ellos gritaban. Ella dijo que saldría a cambiarse de vestuario, pero en el silencio se escapaban gritos también contra Televisa. Siguió cantando. Hasta que un mariachi con el ‘El son de la negra’ acalló por un momento a todos. Ella regresó con otro vestido y siguió.

En el círculo escribieron “FRAUDE” con los cuerpos, prepararon las pancartas que después aparecerían frente a Calderón, gritaron y brincaron. “¡El que no grite es Peña!”, en alusión al presidente electo Enrique Peña Nieto. “¡México, sin PRI!”, el Partido Revolucionario Institucional. “¡Fuera Televisa!” “¡Televisa te idiotiza!”, gritaban cuando los animadores del espectáculo musical Galilea Montijo, conductora de programas de esa televisora, y Mauricio Barcelata, de TV Azteca, hablaban.

Pequeños grupos de policías aparecieron entre los asistentes. Los habían mandado a vigilar a los jóvenes.

“Yo llevo dos enfrentamientos, uno con Los Zetas y otro con los del Cártel del Golfo, por eso me dan risa esos niños”, dijo uno de ellos, mientras el agua le escurría de la cachucha y se metía bajo el chaleco antibalas de Policía Federal.

“Y sí, estamos aquí por ellos…”, interrumpió otro. “Para cuidar a la gente, yo preferiría estar en mi casa”. Él quitó los ojos de los jóvenes, me miró de frente cuando le pregunté por qué llevaban láseres, pancartas, plumones y cámaras si estaba prohibido, si te revisan en los puntos de entrada. “No había manera de quitarles las cosas, si no son ellos, son los del SME o los Antorchistas”, dijo muy molesto. No llevaba impermeable y volvió a decir que él no quería estar ahí.

Una hora después, los dos policías recibían manotazos por parte de los manifestantes. Les gritaban en la cara, y ellos sólo ladeaban la suya. Empujaban a los jóvenes que se les abalanzaban, llamaban a refuerzos, pedían apoyo.

Cuando se acercaba la hora del Grito, los asistentes se aglomeraron en el frente. Las señoras criticaban a los jóvenes. Se enojaban. Los niños no veían al palco, sino a los manifestantes y a las peleas que no terminaban en nada. Siempre algún joven interrumpía pidiendo paz, pidiendo calma, gritando “¡No violencia!”

Un par de jóvenes atravesó el círculo que ya era más pequeño. Los veían de reojo, no tendrían más de 20 años. “Son rezagados que se quedaron sin estudiar, no tienen la inteligencia para pasar (aprobar los exámenes de admisión), ni el dinero”.

Justo cuando la lluvia estaba en su punto más fuerte, cuando Calderón recibía por última vez la bandera, los manifestantes volvieron a enfrentarse con los policías. El presidente se acercó al palco en compañía de su esposa, esta vez no estaban sus hijos, y su invitado especial, Peña Nieto, había rechazado la oferta. Calderón dio pasos largos, llegó al balcón. Vio, por última vez, la plaza del Zócalo llena. Frente a él había unas 80,000 personas, lo que se calcula que será el saldo total de muertos durante su sexenio, marcado por la estrategia contra el crimen organizado. El semanario Zeta aseguró que, hasta abril, ya eran más de 70,000.

El presidente repicó la campana, tomó la bandera y la ondeó desde el palco. Los láseres seguían en su cara. La tensión había disminuido un poco entre policías y manifestantes. Los jóvenes se tomaron de los brazos, hicieron una cadena humana gritando “¡Viva México, sin PRI!”, veían de frente a policías y al presidente –sin saber si éste los vería-. Atrás de ellos, una pantalla en la que Calderón ondeaba por última vez la bandera.

La bandera aún no terminaba de menearse y muchos asistentes ya daban la espalda a Calderón. La lluvia era demasiado fuerte. El Zócalo estaba inundado. Los charcos cubrían por completo los pies. El espectáculo de pirotecnia comenzó. Calderón acompañado por su esposa, mientras sus invitados se asomaban por las ventanas del palacio. Los cohetes perdían fuerza, brillaban, alumbraban pero no alcanzaban la altura acostumbrada. Casi nadie los veía. Huían. Algunos asistentes se detuvieron para reclamar a los jóvenes haber arruinado su festejo. Seguían su camino. Rápido. Todos desaparecieron, ya no había rastro de los de #YoSoy132, ni de los policías. Las coladeras tapadas por la basura empeoraron la inundación. La gente se cubría con bolsas de plástico, paraguas rotos, algunos con logos del PRI, chamarras.

Unas decenas de personas esperaron hasta el final. Miraron al presidente. Él se tomó el tiempo y se despidió, sonriente. “¡Adiós! ¡Adiós presidente!”. Agitaban sus manos.

Al final sólo quedó una brigada de hombres vestidos en amarillo. Armados con impermeables reflejantes y escobas. Formados esperaban la salida de todos. Listos para barrer los restos del último grito de Calderón.