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Presentando a… Yo NO voy a la Condesa

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A INICIOS DE MAYO comencé un nuevo proyecto personal: Yo NO voy a la Condesa. Un blog dedicado a sugerencias para comer y beber en zonas de la Ciudad de México menos de moda que la famosísima colonia Condesa, o Polanco, o la Zona Rosa.

En mi primer post, un chico me comentaba que cuál era mi problema con los pequeños empresarios de la Condesa… pues  ninguno. Este blog es una apuesta para darle la oportunidad a otros microempresarios, dado que muchas revistas de vida y estilo se concentran en demasía en las zonas que mencioné.

En Yo NO voy a la Condesa apostamos por esos lugares pequeños, poco o nada ostentosos, que tienen ese toque que qué sé yo que los hace especiales. Mi principal zona de acción es el sur del DF. En cada post hablamos de la experiencia, el precio, el servicio, lo único, los alrededores y, especialmente de qué tan veggie friendly es. Dado que soy vegetariana y muy pocas veces me permito los frutti di mare, también cuenta con la maravillosa colaboración del devorador Memo Olicón.

Ojalá este proyecto siga creciendo :).
http://yonovoyalacondesa.wordpress.com/

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Lo último que queda

El sombrero de mi abuelo

El sombrero de mi abuelo

TARDÉ MUCHO EN LLORAR por ti –es un problema que tengo con la ausencia. Daba la vuelta a la última esquina para llegar a casa, esa casa de la que te hablamos pero nunca conociste. Vi el cielo. Sentí el viento. Me entristecí por la muerte de un árbol. Y, entonces, te extrañé.

Recordé que la última vez que nos vimos me leíste. O quizás leímos juntos. Dijiste A-ru-qui Mura-ca—-mi. Y empezamos a leer a partir de donde estaba mi separador. Sílaba por sílaba. Algunas varias páginas. (Recordé que eras un adulto, ya el padre de mi padre, cuando aprendiste a leer). Te conté del Fin del Mundo. Algo en esa historia te asombró. Me sonreíste, sin dientes. Y continuamos pasando las hojas hasta el anochecer.

Las campanas de la iglesia sonaron tres o cuatro veces. El azul cielo fue tragado por las montañas. Las velas ya no alumbraban nada. El foco incandescente perdía la batalla contra las estrellas y las aves contra los murciélagos. Ya no vimos más letras, miramos hacia arriba y descubrimos que el negro del cielo se convirtió en el contraste perfecto para dejarnos ver una nebulosa. Parados en la tierra, mi padre, tú y yo. El silencio del sueño ajeno nos dejó callados.

Yaba’ chhel… (1)

Tu sonrisa sin dientes. Tu mirada feliz cuando leíste. Fueron un dardo y comencé a llorar.

Padioxh xagolh. (2)

Quiero que sepas que hicimos todo lo que pudimos. Quiero que sepas que ya sabemos qué te pasó. Quiero que sepas que te extrañamos. Y quiero que sepas que te he soñado muchas veces perdiéndote en el bosque con tu andar lento. Tus pies resecos por la tierra enterrándose a cada paso.

Los primeros días estuve convencida de que habías decido caminar a la muerte por tu propia cuenta. Alguna vez me contaste que los ancianos, cuando se sentían cansados, tomaban un morral, metían un poco de comida y agua y se echaban a caminar. Y así te vi. Dándome la espalda –esa vieja espalda que siempre me rebasó en todos los montes—desapareciendo. Porque eso eres, abuelo, un desaparecido. Al desaparecido siempre se le piensa vivo y eso te va bien.

Iza to (3)

Hace un año, te fuiste.  Hace un año recibimos una llamada. Tu hijo fue a buscarte. Todos te buscamos. El clima era horrendo. El lodo arruinó los caminos del bosque. De ti no encontramos nada. Una tormenta no te había tomado por sorpresa en años y, por supuesto, ese día no fue la excepción. Sabemos que te arrebataron de nosotros. Sé que no te fuiste a ningún bosque porque sé que no estabas cansado de vivir.

Te extrañamos.

 

 

 

 

  1. Yaba’ chhel. En zapoteco cajón o villalteco, el más parecido al que hablaba mi abuelo, significa “cielo de noche”.
  2. Padioxh xagolh. La palabra “padioxh” se utiliza indistintamente en su comunidad para saludar a cualquier hora del día. Y, aunque no tan frecuente, para despedirse. “Xagolh”, significa “abuelo” y él se ponía muy feliz cuando le decía así con mi mal acento.
  3. Iza to. “Año uno”. Después de que aprendí algunas palabras, mi abuelo se esforzó para que yo aprendiera a contar. Con sus dedos resecos pasaba uno y otro dedo enseñándome “to, chope, shone, tapi, gayo’…”.
  4. Lo último que queda. “Caxhon” (cajón) es la forma en que se llaman algunos zapotecos de la zona más alta de la Sierra de Juárez.

Crónica de un (primer) chacaleo

Nota para no periodistas: Chacaleo es, en el argot periodístico, la acción en la que los reporteros abordan a un personaje público para hacerle preguntar y obtener una declaración.

Termina la conferencia. Todos de pie. Clap clap y felicitaciones. Clap clap y abrazos. Clap clap y todos le sonríen. Los invitados quieren tomarse una foto con él. Decenas de policías esperan en posición de firmes a que salga del salón. Pero no sale. Es más, han perdido de vista a su jefe. De repente, la brillosa calva pecosa que había estado en el podio resalta en medio de una multitud gracias a la luz de una cámara que no deja de apuntarle.

El susodicho: Manuel Mondragón y Kalb, Comisionado Nacional de Seguridad de México. Observo desde una silla. Me tomo el tiempo para guardar mis cosas y sopesar si debo, o no, ir hacia la multitud. Decido que siempre sí. Que, la verdad, el hombre no dio alguna buena declaración ni dijo nada nuevo en los minutos que tomó la palabra.

Me acerco hacia esos sujetos que, mientras todos estaban entre el clap clap y los abrazos, corrieron hacia los escalones por donde bajaría. Antes de que pudiera tomarse la foto con cualquier invitado, la horda de periodistas ya lo esperaban. Una pelea sin ganador por obtener el lugar más cercano. Los flashes rebotaban en la calva y arruinaba las fotos de los otros. La lámpara de una cámara le empequeñecían las pupilas, arrugaba las cejas y el movimiento se extendía por toda la piel de su calva.

Mondragón miraba hacia algún punto enfrente de él. Quizás sus ojos se enfocaban en el breve espacio de la intersección de la maraña de pelos de una reportera, la cámara de video de otro, el monopié de un fotógrafo cuya experiencia le permitía centrar el cuadro sin ver, la grabadora de cinta de algún veterano, la grabadora electrónica de algún joven y el iPhone de alguno con mala suerte o muy prevenido. Alguien susurraba una pregunta y él respondía sin mirar siquiera al entrevistador.

La horda ocupaba un metro de radio. Y allí, en la circunferencia, no escuchaba nada. No hallaba señal que me indicara si lo que sucedía en el centro podría servirme o no. Entonces entendí esa imagen de brazos extendidos y terminan casi metiendo la grabadora en la boca de los susodichos personajes. Saqué mi grabadora e hice lo mío: confié ciegamente en la tecnología.

El brazo se me entumía. El celular, en la otra mano, se resbalaba. El tuit no se publicaba. Mi pie sufría bajo el zapato de algún reportero. Y como nada llegaba a mis oídos, me dio tiempo de sentirme enana con mi 1.69 de estatura. Agradecí que el reportero de a lado usara loción. Noté que la mayoría apostaba por el gris Oxford para sus trajes. Me pregunté por qué una colega y amiga mía, Lizbeth Padilla, ama tanto los chacaleos, los extraña, realmente los disfruta. Pensé que, si yo alguna vez fuera “personaje”, los tendría prohibidos. Y quise decirle a Mondragón que tiene demasiadas pecas en la calva, con su piel tan blanca y delgada, debería tomar medidas para evitar el cáncer de piel… pero estudió Medicina, quizás ya lo pensó.

Cuando ya no sentía el brazo, cuando me dolía el hombro, cuando caí en cuenta de que era mi primer chacaleo –en cuatro años que llevo en el mundo periodístico—unos movimientos de las manos de sus guaruras apenas visibles para mí esparcieron a los reporteros.

Pero no era todo. Mientras los invitados, por fin, lograban tomarse una foto con el comisionado y los policías podían relajar su posición de firmes, los reporteros salieron del salón y se posicionaron para una segunda ronda.

Mondragón sube por unas escaleras eléctricas. Atrás de ellos, más cerca que sus propios guaruras: los reporteros. Tres fotógrafos deciden alcanzarlo en el siguiente piso y suben por la escalera que bajaba, un encargado de seguridad va tras ellos. Los fotógrafos llegan a tiempo para ponerse frente a él; el de seguridad, cae.

Y, entonces, llega lo peor. Todos miran hacia ese sujeto al que las cámaras y los reporteros en traje gris Oxford siguen. Mondragón entra a la sala de exhibición de Expo Seguridad. Los expositores extranjeros preguntan quién es. Nadie les hace caso. Los reporteros pisan los callos de los guaruras. Los fotógrafos se suben a sillas, mueven mamparas, caminan hacia atrás, pisan sin pedir disculpas, corren entre los stands de los expositores. Todos le gritan que voltee. Todos buscan el ángulo en el que estrecha la mano de un expositor. Se mantienen firmes, empujan al que tengan que empujar. Gritan a quien tengan que gritar. Y estorban a otros hasta cuando no es necesario.

Voy muy lejos de la horda, apenas para no perderlos de vista. Me adelanto un par de stands. Espero junto a un robot. Me coloco. Saco la cámara. Busco un ángulo en la que él aparezca interactuando con el robot. Se acerca el expositor. Me alegro por un momento porque tengo espacio suficiente para encuadrar: Mondragón, robot y expositor en la misma toma. Acerco. Enfoco. Calibro luces. Mi dedo comienza a presionar el disparador y ¡Zaz!

Una mano toma mi cabello y avienta mi cabeza a un lado. Siento el tirón hasta el cuello. La foto queda barrida. Busco al culpable. Un camarógrafo con lentes verdes apenas me ve de reojo. Lo miro con odio, verdadero odio. Quiero que sienta remordimiento, quiero que reflexione el resto de su vida que me jaló el cabello. Pero, sin inmutarse, me dice: “alzaré la cámara para que puedas agacharte”. Cuando lo hace, Mondragón se ha ido.

Muchos stands después. Con un ligero dolor de tobillos. Con el dedo en el disparador de la cámara (en Automático). Con muchos codazos, golpes de cámaras y preguntas hechas a gritos. Mondragón se despide bajo la luz del sol que se reflejaba en su calva y me hizo volver a preguntarme si había pensado en el cáncer de piel. Deja de contestar preguntas, pero los reporteros se quedan merodeando la zona. Los organizadores mueven las manos en son de shu shu fuera y nos sacan a todos de la sala de exhibiciones.

Todos se dirigen a la sala de prensa donde ofrecen un refrigerio. Nadie se pide disculpas por los golpes propiciados. No vuelvo a ver al camarógrafo de lentes verdes.

Tres películas (y un pilón) sobre Terrorismo

EL PASADO LUNES tuve clase con Gerardo Rodríguez Sánchez Lara sobre Terrorismo en el Diplomado de Seguridad Nacional en el ITAM.
Durante la clase recomendó tres películas sobre terrorismo que no quise pasar por alto:

La Batalla de Argel, 1966

 

Munich, 2005

 

Juego de poder, 2007

 

Y el pilón, recomendada por mí, sólo porque retrata genial la reacción de Margaret Thatcher ante el ataque del ERI en contra de su gabinete:

La dama de hierro, 2011

Por la ‘mexicanización’ de las perspectivas de Seguridad

¿QUÉ PERSPECTIVA DE SEGURIDAD NACIONAL (la tradicional, la de Seguridad Humana o ninguna) es más adecuada para el gobierno de México y por qué? 

Les comparto mi primer ensayo para el Diplomado en Seguridad Nacional que curso en el ITAM.

No pretendo llegar al tema como especialista, sino como una periodista que busca comprender el contexto de México y eliminar las fallas teóricas y conceptuales que llevan a suposiciones y mitos que sólo entorpecen el trabajo de los comunicadores al momento de explicar lo que sucede a la sociedad.

Por la mexicanización de las perspectivas de Seguridad

Un buen community manager para un buen contenido (y viceversa)

¿Qué es lo peor que puede pasar en la relación contenido-redes sociales?

Que la pareja no haga simbiosis.

“No eres tú, soy yo”, se dirían en un constante círculo vicioso donde uno no funciona para el otro y terminan por hacerse la vida de cuadritos.

Eso es lo que pasa cuando un community manager no tiene un buen contenido qué ofrecer en las redes sociales, o cuando el contenido no tiene un buen community que lo entienda y lo sepa vender.

Me he encontrado con ambos casos en el último par de meses en los que he sido freelance, que por azares del destino me ha llevado a trabajar con equipos de redes sociales, principalmente en medios. Hablaré de pecados y no pecadores, para no echar de cabeza a nadie.

Caso 1: Los malos contenidos

Un mal contenido es todo eso que provoca la sensación de disgusto, de estafa, que te gustaría no haber visto, que no te responde ni explica nada, que te robó tiempo. Tiende a estar mal escrito, con titulares engañosos, con faltas de ortografía, roba contenidos ajenos, no tiene coherencia.

Pero trabajo es trabajo, me dirían algunos. Y muchos communities hacen un trabajo magistral cuando de malos contenidos se habla.

¿Cuántas veces no hemos dado clic a un tuit o post maravilloso que al final lleva a un contenido decepcionante? Yo, muchas. ¿Es culpa del community  por haber hecho bien su trabajo?

En un portal, llegaban mensajes todos los días de lectores quejándose de constantes errores de redacción, ortografía y de datos. Una ocasión, los lectores expresaron su coraje porque se borró una publicación en la que se anunciaba la casi segura muerte de un cantante en un accidente, cuando éste ni siquiera estaba en el lugar de los hechos. El community confió en ese dato (que el redactor no verificó) incluido en el contenido y lo destacó en las publicaciones. Grave error, los usuarios atacaron en los comentarios en la siguiente publicación sobre el mismo hecho, pero sin actor muerto.

El problema del community que logra rescatar algo del contenido (sin caer en el amarillismo, por favor), es que, a la larga, ensucia la imagen de la cuenta y provoca la desconfianza de sus visitantes. De nada sirve tener excelentes tuits, si lleva a contenidos molestos. El administrador de redes se convierte en ese vendedor molesto al que le cierras la puerta por ofrecer productos de pésima calidad que no cumplen lo que prometen en el folleto.

Caso 2: Los buenos contenidos

El caso contrario. Todo adentro es bueno: ofrecen información nueva, están bien escritos, citan fuentes, dan ejemplos, no tienen mayor problema… excepto porque nadie querrá leerlos ni por morbo.

Hay muchas razones para no querer leer un contenido, una es cuando su promoción en redes no atrajo la atención en lo absoluto.  Más allá de tuits que no requieren mucha creatividad, hay algunos que parecen como si se empeñaran en repeler los clics.

Un ejemplo donde sólo diré el pecado y no al pecador: En una página de Facebook de especialistas, que pretenden hacer accesible su información, el administrador escribió: “Lean el fantástico artículo de…”.  Cuando mostré la página a una amiga, ella me respondió: “¿Es su página de fans?”

¿Es necesario decir que es “fantástico”? Ese post no aporta nada que estimule la curiosidad de los usuarios. Por supuesto que esa publicación no tenía un solo like.

El principal error de estos casos es no leer el contenido que se publica y pensar que los adjetivos y los signos de exclamación ayudarán a atraer a la gente. Parece como si un adolescente de secundaria escribiera a sus amigos. Incluso, en las redes personales es desagradable ver que alguien escriba “Lean mi fantástico artículo…!!!”. Basta con que sea bueno, después algún amigo sabrá decirte si es fantástico o no.

 El community debe descifrar, entender y destacar lo valioso de los contenidos para estimular la curiosidad de los seguidores y eso no siempre está en el titular. La comunicación entre administradores y redactores es esencial para que los errores no se dupliquen, uno debe tener la confianza de decir al otro que está equivocado.

 

 

Tasa de homicidios en México aumenta en 2011

 

De acuerdo con cifras previas del INEGI, publicadas este mes, la tasa de homicidios aumentó de 23 a 24 por cada 100,000 habitantes de 2010 a 2011. En total se registraron 27,199 homicidios el año pasado. Chihuahua, Sinaloa y Guerrero son los estados con mayor tasa de homicidios. Mientras que Yucatan, Chiapas, Baja California Sur, Campeche y Querétaro comparten los tres lugares más bajos.

INFOGRAFÍA INTERACTIVA