Solalinde’s Resort: El refugio de los migrantes

MOSQUITOS Y UN GATO llamado ‘Glande’ me torturaron todas las noches que pasé en la palapa del albergue para migrantes Hermanos en el Camino. Los mosquitos no dejaron de zumbar en mis oídos y me daba un poco de miedo porque habían varios casos de dengue. Para colmo, Glande tenía la mala costumbre de saltar sobre el mosquitero, varias veces me asustó al caer sobre mi panza, acostado en mi pecho y viéndome a la cara. De esa  visita salió el texto Las preocupaciones del padre Solalinde publicado en la revista Domingo de El Universal hace como un mes. Sinceramente postergué hacerle publicidad por acá. Pero ya que estamos en eso, les dejo la historia de Pedro –que no está incluida en el texto.

Pedro, hondureño, me pareció un personaje contrastante: alto y delgado siempre actuó con desapego, incluso amenazante al dar a entender que, quizás, mañana ya no estaría. Le costaba mucho comprometerse con algo, quería estar en una situación de invisibilidad pero no, a la vez le gustaba que le reconocieran que su trabajo rendía frutos. Se comportaba antisocial y a veces hasta cortante y grosero con otros migrantes. Parecía estar siempre enojado. Fue hasta que lo acompañé a la granja que se abrió, me contó su historia, me habló del dolor que le provocaba no poder ver a su hijo que, desde que estaba en Honduras, la madre no le había dejado ver. Me dijo que le gustaba el campo y que le preocupaba mucho que sus hermanos menores se vieran tentados por las pandillas, que también por ellos trabajaba.

Cuando le tomé la foto que aparece abajo, me dijo algo como “intentaré sonreír, pero hoy sí estoy que me lleva”. Pedro estaba muy enojado porque había perdido a su perro. Se sentía vulnerable y frustrado porque no le gusta expresar sus sentimientos. Desde que llegué, todos me hablaron del “perro más hermoso”, pero nunca lo conocí. Cuando por fin visité la granja, habían pasado unas cuantas horas de que se había ido ese perro indescriptiblemente hermoso.

Pedro posa en el patio techado que se utiliza como lugar de descanso y capilla

Pedro posa en el patio techado que se utiliza como lugar de descanso y capilla

Pedro se quedó sin Oso

Se escuchan los piecitos de Viviana (7 años) acercarse. En la oficina del albergue los voluntarios se preparan para recordarle que los niños no pueden entrar. Viviana llega a una media reja que la hace de frontera entre la oficina administrativa y el espacio donde andan migrantes, niños y perros.

— ¡Se llevaron a Oso! ¡Se llevaron a Oso! Pedro está triste. Se lo llevó una señora con zapatos—grita Viviana a Celeste y John, y comienza a contar la historia, mientras trepa por la reja para entrar a la oficina.

Cuando termina de relatar el doloroso suceso del “robo” del perro “más hermoso”, Viviana ya está dentro de la oficina. Los voluntarios sólo ríen. Prestaban no menos atención a la historia que la ‘discreta’ escalada de Viviana por la reja.

En la granja, Pedro no quiere ver a nadie.

— Se llevaron a lo único que yo podía querer, lo único que yo amaba aquí. Nadie lo quería, el pobre estaba flaco y feo, pero me lo llevé a la granja y lo cuidé. Lo bañaba, le cambiaba el agua, le daba de comer tres veces al día. Le conseguía carne. Se puso chulo el perrito y ahora se lo llevan, lo regalan cuando todos sabían que era mío.

Pedro recorre la granja: un terreno de hierba que comparte un poco de espacio con la cancha de futbol del albergue, apartado de los dormitorios, que el padre Alejandro Solalinde logró comprar con varios trucos porque en el pueblo se oponían que sirviera para los migrantes. Los cerdos necesitan ser castrados, uno se guarda para Navidad, pero los otros tendrán que venderse. Él no se quiere hacer cargo de la castración, los cerditos ya están muy grandes y podrían desangrarse. Pedro baja los ojos cuando pasa junto a los platos donde comía Oso y no puede evitar recordar al cachorro.

— Así es la gente, no’más ve que uno comienza a querer algo y se lo quitan, porque creen que tiene algún valor… yo hoy no quiero ver a nadie, se llevaron a lo único que quería. ¡Mala es la gente!

En las jaulas, las gallinas están logrando poner casi treinta huevos. Todos los guajolotes tienen nido.  Eso no alcanza para dar de comer a todos en el albergue, mucho menos cuando llegue el nuevo tren, Pedro hace algunas cuentas pero no deja de pensar en Oso, y de arrepentirse por prestarle tanto cuidado. Desde que dejó Honduras, cuenta, no había querido a nadie así. Compara el arrebato de Oso con el de su hijo. La familia materna no deja que Pedro vea al niño, y la madre apenas está logrando que acepten a Pedro. El dinero que gana como encargado de la granja del albergue lo manda para los gastos del niño en Honduras. Por el momento, dice que vive ahí, porque el padre le ofreció ayuda para realizar sus trámites ante Migración.

Pedro propone sembrar calabaza, ajo, cebolla y melón en un pedazo de terreno que aún no tiene cultivo. Una organización había propuesto un sistema de riego, pero en meses no ha hecho nada. Pedro sabe de agricultura y quiere ser el único responsable. Solalinde lo anima a vender cerdos y variar los cultivos. El dinero podría usarse para el albergue, comprar más cerdos y lograr fijar un ingreso mensual; las verduras ayudarían a variar un poco los caldos de todos los días. Pero Pedro no quiere comprometerse tanto, quiere arreglar sus papeles e irse para hacer más dinero.

Quiere recuperar a su hijo y olvidarse de Oso.

Tres películas (y un pilón) sobre Terrorismo

EL PASADO LUNES tuve clase con Gerardo Rodríguez Sánchez Lara sobre Terrorismo en el Diplomado de Seguridad Nacional en el ITAM.
Durante la clase recomendó tres películas sobre terrorismo que no quise pasar por alto:

La Batalla de Argel, 1966

 

Munich, 2005

 

Juego de poder, 2007

 

Y el pilón, recomendada por mí, sólo porque retrata genial la reacción de Margaret Thatcher ante el ataque del ERI en contra de su gabinete:

La dama de hierro, 2011

Regresando a las andanzas

Caminar es un proceso difícil, va más allá de colocar un pie frente a otro:  hay que estar convencido de querer hacerlo, se recomienda fijar un destino y es indispensable saber ejecutarlo con simulada destreza por si un día fuera la única técnica disponible para trasladarse. Hay quien cree que si se puede llegar a un lado de otra manera, ¿por qué hacerlo caminando?
Hoy (lunes) convertí 20 pesos de taxi o 3 pesos de pesero o 12 pesos de estacionamiento en poco menos de 200 calorías quemadas en 17 minutos. El súper está más cerca de mi casa de lo que pensaba en los casi seis años que llevo viviendo donde ahora.
Todavía cuando me mudé, caminaba. Tenía recién cumplidos 18 y no me gustaba llegar rápido a casa. Pero el tiempo pasó y me convertí en una experta en taxis. Hasta llegar a este punto en que sé medir distancias en tiempo y dinero taximétrico. En que le asigné un valor a mi sueño y prefería pagar 50 pesos por dos taxis y un viaje en metro que despertar media hora antes o manejar por 70 minutos. En que le pregunto a Google por rutas y tiempo estimado de traslados.
Hoy caminé. Lo planeé con dos días de anticipación y decidí que hoy era EL día. Calculé que la hazaña me llevaría 2 horas: una para el súper y otra para el camino de ida y vuelta. Serían 30 minutos por caminata, ante cualquier imprevisto. No sé qué imprevisto pueda haber cuando uno decide caminar, ¿un tobillo torcido? ¿encontrar a alguien en estos tiempos en los que nadie camina? En fin, calculé que serían treinta minutos.
Caminar fue un proceso renovador. Comenzando con mis perturbadas rodillas adoloridas por culpa de las horas nalga que me ha cobrado eso de la ‘periodisteada’ independiente y regresar a la ‘estudiada’. Recordé que mi madre iba por mí a la primaria caminando con mi perro y yo me enojaba porque todos los niños se iban en carro. Ella decía que era porque no podía subir al perro en el auto. Después supe que caminar era una de sus pasiones y que le había declarado la guerra a sus prematuras várices congénitas.
Al caminar, uno piensa demasiado. Un día, Alejandro Almazán me dijo que caminaba con su perro para pensar sus textos. Cuando yo caminaba distancias mayores de 10 minutos, pensaba en poemas, cosas de casa, la vida en general. Pero empecé a caminar por obligación, con el tiempo encima… y, en esas circunstancias, no se piensa mucho.
El punto es que llegué a un día como hoy. Descubrí dos tiendas de comida alternativa (muy adecuada a mi nuevo estilo de vida vegetariana), compré leche de coco en un lugar que siempre había visto al pasar en auto, un perro poodle me persiguió amenazante, vi un estanque Do It Yourself en el patio de una casa el cual podría replicar en la mía para mis tortugas, una mujer me dio un folleto religioso de apoyo a los deprimidos y redescubrí la música de mi iPhone: Metallica, Café Tacvba, Lamb of God, Staind y Monster Magnet. ¡Años que no me ponía unos audífonos al caminar!
Recordé que fue caminando cuando fragüé la idea de ser periodista. Estudiar la carrera recién se había unido a mis opciones. Adolescentemente me fui a caminar desde Pino Suárez hasta Reforma. Vi los rostros de quienes pasan en las calles, cuando me envolví en la multitud, cuando miraba a la gente como protagonista de la vida cotidiana, entendí que era eso lo que en los discursos se llama “pueblo” y que quería contar lo que veía, lo que hacían y lo que pensaban. Se me hizo costumbre en toda la adolescencia caminar sin rumbo, por el mero placer de hacerlo, caminar hasta que me dolieran los tobillos (lo primero que me duele) o se me antojara un café, siempre de esos desde los que se puede mirar hacia la calle y a su gente (caminando, por supuesto). Recordé lo fácil que es detenerse ante algo que te gusta, como el estanque, sin estorbar a nadie, sin buscar un estacionamiento, sin tener que pagar tiempo de espera.
Bebía mi helada leche de coco cuando evoqué un texto que me pegó, me obligó a cuestionarme sobre mis costumbres y del cual aún no tengo conclusión alguna más que poner cara de perrito regañado: Conversación con un ingeniero de tránsito.
En términos reducidos, obliga al lector a pensar si las necesidades de traslados de las generaciones que ahora defienden el uso de la bicicleta y el transporte público serán las mismas cuando tengan hijos  y se muden a “los suburbios” o trabajen en esos lugares de difícil acceso. Sí, yo defiendo los medios de transporte alternativos pero cuando uno conoce Constituyentes lo último que pasa por la cabeza es caminar o andar en bici o malparado en el transporte colectivo: Quiere un auto (y con chofer, por favor), donde pueda llevar su lunch, su café, su abrigo, escuchar su música favorita, solo, donde nadie lo toque (o toquetee)… Y así se pierde la bonita costumbre de caminar.
Entonces, llegué a donde tenía que llegar y compré más de lo que tenía que comprar. Esperé a la cajera y su lenta, cínica y torpe atención que no contemplé en los imprevistos. Me hizo perder ese tiempo que calculé para el regreso. Se me hizo tarde. Si tomaba el pesero, sería casi el mismo tiempo si caminaba. Calculé que serían 20-25 minutos porque el peso de las bolsas reduciría mi rendimiento. Eso, redondeando pasaría a ser una media hora. Tarde, muy tarde.
Y lo volví a hacer: pagué 20 pesos. Tomé taxi. Llegué en 8 minutos, incluyendo el camino a la calle para tomarlo y de la calle a mi casa. Convertí los 12 a 15 minutos “ganados” en 20 pesos. Porque, por lo visto, muy en el fondo sigo pensando que caminar es una pérdida de tiempo.
Cuando decidí ser vegetariana comencé ese mismo día, y en casi un mes no he tenido “recaídas”. Decir caminar, me costó días y en un par de horas sufrí dos recaídas.
Todo indica que regresar a las andanzas será mucho más difícil que dejar las exclusivas arracheras, el pollo al pesto, las costillas en salsa agridulce.

Vivir como migrante, para actuar como migrante

Artzenico(Foto: Bonifaz Díaz/Artzénico)

CUANDO VI A ESTOS CHICOS entrar al albergue de migrantes Hermanos en el Camino, en Ixtepec, me parecieron productores de televisión o algo así. Tres guatemaltecos bajitos seguidos por el enorme holandés Jordi cruzaron por la polvadera del albergue cargando cajas negras y maletas enormes que sacaban de una pick-up toda sucia.

Resultaron ser teatreros de la compañía Artzénico estaban comenzando un viaje desde Guatemala hasta Nueva Orleáns para presentar su obra ‘Irse’.
El domingo pasado llevaron al Fringe Festival la gran última versión, alimentada de experiencias reales que retratan el desprendimiento de los migrantes al momento de ‘irse’.

Aquí el texto que escribí para CNNMéxico. 

Por la ‘mexicanización’ de las perspectivas de Seguridad

¿QUÉ PERSPECTIVA DE SEGURIDAD NACIONAL (la tradicional, la de Seguridad Humana o ninguna) es más adecuada para el gobierno de México y por qué? 

Les comparto mi primer ensayo para el Diplomado en Seguridad Nacional que curso en el ITAM.

No pretendo llegar al tema como especialista, sino como una periodista que busca comprender el contexto de México y eliminar las fallas teóricas y conceptuales que llevan a suposiciones y mitos que sólo entorpecen el trabajo de los comunicadores al momento de explicar lo que sucede a la sociedad.

Por la mexicanización de las perspectivas de Seguridad

Un buen community manager para un buen contenido (y viceversa)

¿Qué es lo peor que puede pasar en la relación contenido-redes sociales?

Que la pareja no haga simbiosis.

“No eres tú, soy yo”, se dirían en un constante círculo vicioso donde uno no funciona para el otro y terminan por hacerse la vida de cuadritos.

Eso es lo que pasa cuando un community manager no tiene un buen contenido qué ofrecer en las redes sociales, o cuando el contenido no tiene un buen community que lo entienda y lo sepa vender.

Me he encontrado con ambos casos en el último par de meses en los que he sido freelance, que por azares del destino me ha llevado a trabajar con equipos de redes sociales, principalmente en medios. Hablaré de pecados y no pecadores, para no echar de cabeza a nadie.

Caso 1: Los malos contenidos

Un mal contenido es todo eso que provoca la sensación de disgusto, de estafa, que te gustaría no haber visto, que no te responde ni explica nada, que te robó tiempo. Tiende a estar mal escrito, con titulares engañosos, con faltas de ortografía, roba contenidos ajenos, no tiene coherencia.

Pero trabajo es trabajo, me dirían algunos. Y muchos communities hacen un trabajo magistral cuando de malos contenidos se habla.

¿Cuántas veces no hemos dado clic a un tuit o post maravilloso que al final lleva a un contenido decepcionante? Yo, muchas. ¿Es culpa del community  por haber hecho bien su trabajo?

En un portal, llegaban mensajes todos los días de lectores quejándose de constantes errores de redacción, ortografía y de datos. Una ocasión, los lectores expresaron su coraje porque se borró una publicación en la que se anunciaba la casi segura muerte de un cantante en un accidente, cuando éste ni siquiera estaba en el lugar de los hechos. El community confió en ese dato (que el redactor no verificó) incluido en el contenido y lo destacó en las publicaciones. Grave error, los usuarios atacaron en los comentarios en la siguiente publicación sobre el mismo hecho, pero sin actor muerto.

El problema del community que logra rescatar algo del contenido (sin caer en el amarillismo, por favor), es que, a la larga, ensucia la imagen de la cuenta y provoca la desconfianza de sus visitantes. De nada sirve tener excelentes tuits, si lleva a contenidos molestos. El administrador de redes se convierte en ese vendedor molesto al que le cierras la puerta por ofrecer productos de pésima calidad que no cumplen lo que prometen en el folleto.

Caso 2: Los buenos contenidos

El caso contrario. Todo adentro es bueno: ofrecen información nueva, están bien escritos, citan fuentes, dan ejemplos, no tienen mayor problema… excepto porque nadie querrá leerlos ni por morbo.

Hay muchas razones para no querer leer un contenido, una es cuando su promoción en redes no atrajo la atención en lo absoluto.  Más allá de tuits que no requieren mucha creatividad, hay algunos que parecen como si se empeñaran en repeler los clics.

Un ejemplo donde sólo diré el pecado y no al pecador: En una página de Facebook de especialistas, que pretenden hacer accesible su información, el administrador escribió: “Lean el fantástico artículo de…”.  Cuando mostré la página a una amiga, ella me respondió: “¿Es su página de fans?”

¿Es necesario decir que es “fantástico”? Ese post no aporta nada que estimule la curiosidad de los usuarios. Por supuesto que esa publicación no tenía un solo like.

El principal error de estos casos es no leer el contenido que se publica y pensar que los adjetivos y los signos de exclamación ayudarán a atraer a la gente. Parece como si un adolescente de secundaria escribiera a sus amigos. Incluso, en las redes personales es desagradable ver que alguien escriba “Lean mi fantástico artículo…!!!”. Basta con que sea bueno, después algún amigo sabrá decirte si es fantástico o no.

 El community debe descifrar, entender y destacar lo valioso de los contenidos para estimular la curiosidad de los seguidores y eso no siempre está en el titular. La comunicación entre administradores y redactores es esencial para que los errores no se dupliquen, uno debe tener la confianza de decir al otro que está equivocado.

 

 

El último grito de Calderón, la versión desde la plancha del Zócalo

El Zócalo era una alberca. Un escuadrón de barrenderos ataviados con impermeables esperaban formados a que todos los asistentes dejaran la plaza. A los fuegos artificiales nadie los vio. Los que estuvieron presentes, huyeron con la lluvia. En la tele, los cortaron. Los que hablaban de El Grito, no dejaban de mencionar las luces láseres que apuntaron a la cara de Calderón desde que salió.

¿El láser en su rostro dejaría ver al presidente mexicano? Enfrente de él había mantas en su contra y en contra de su sucesor, la plancha del Zócalo estaba inundada y hubo conatos de enfrentamientos entre policías y jóvenes del movimiento #YoSoy132.

Era la última vez que ondearía la bandera mexicana y gritaría ¡Viva México! Ni por eso, la lluvia fue condescendiente con él. El agua tomó un suspiro quince minutos antes, cuando los animadores anunciaron que la ceremonia oficial comenzaba. Los asistentes parecían más alegres por la escampada que por ser, probablemente, la última vez que verían al presidente. El gusto no duró mucho.

Cuando en las pantallas se veía a Felipe Calderón tomando la bandera de manos de los cadetes militares, Tláloc se dejó venir con toda su fuerza. La lluvia era tan tupida que, desde la plaza del Zócalo, no se podía distinguir el balcón del Palacio Presidencial. Los jóvenes, que llevaban dos horas protestando, tuvieron un altercado con los policías. Imposible saber quién comenzó. Se abrió un círculo grande que dividió a los asistentes, con empujones separaron a quienes querían dar el Grito con la tradicional ceremonia y entre quienes querían boicotearlo. Los jóvenes pedían que levantaran a los niños. En una delgada franja quedaban personas angustiadas, molestas porque atentaban contra su festejo, algunos sin saber qué hacer, sólo daban las espalda a los manifestantes y a los policías, pero tampoco lograban unirse con los que sí celebraban, hasta el frente.

Desde allá abajo, no se veía nada. Y, quizás, desde arriba, tampoco.

Calderón entrecerraba los ojos, mientras los láseres le apuntaban a la cara. Él gritaba “¡Viva!” y abajo le respondían “¡Viva!” y “¡Asesino!”. Al son del repique de la campana de Independencia.

—¡Viva Hidalgo!

—¡Asesino!

—¡Viva Morelos!

—¡Espurio!

—¡Viva Josefa Ortiz de Domínguez!, ¡Viva Allende!, ¡Vivan Galeana y los Bravo! ¡Vivan Aldama y Matamoros! ¡Viva la Independencia nacional!

—¡Fraude!

—¡Viva México!, ¡Viva México!, ¡Viva México!

—¡Sin PRI!

La lluvia había sido dócil un par de horas antes. La cantante de rancheras Jenni Rivera apareció en el escenario frente a la Catedral. La corearon en el cuadrante más cercano. Pero en el cuadrante frente al Palacio Nacional con empujones, sin saber lo que iba a pasar, se abrió un círculo de unos 25 metros de diámetro. En él comenzó una pasarela de jóvenes con pancartas de #YoSoy132, aludiendo un fraude electoral, gritando contra el presidente. Cuando Jenni Rivera tomaba aliento entre canción y canción, ellos gritaban. Ella dijo que saldría a cambiarse de vestuario, pero en el silencio se escapaban gritos también contra Televisa. Siguió cantando. Hasta que un mariachi con el ‘El son de la negra’ acalló por un momento a todos. Ella regresó con otro vestido y siguió.

En el círculo escribieron “FRAUDE” con los cuerpos, prepararon las pancartas que después aparecerían frente a Calderón, gritaron y brincaron. “¡El que no grite es Peña!”, en alusión al presidente electo Enrique Peña Nieto. “¡México, sin PRI!”, el Partido Revolucionario Institucional. “¡Fuera Televisa!” “¡Televisa te idiotiza!”, gritaban cuando los animadores del espectáculo musical Galilea Montijo, conductora de programas de esa televisora, y Mauricio Barcelata, de TV Azteca, hablaban.

Pequeños grupos de policías aparecieron entre los asistentes. Los habían mandado a vigilar a los jóvenes.

“Yo llevo dos enfrentamientos, uno con Los Zetas y otro con los del Cártel del Golfo, por eso me dan risa esos niños”, dijo uno de ellos, mientras el agua le escurría de la cachucha y se metía bajo el chaleco antibalas de Policía Federal.

“Y sí, estamos aquí por ellos…”, interrumpió otro. “Para cuidar a la gente, yo preferiría estar en mi casa”. Él quitó los ojos de los jóvenes, me miró de frente cuando le pregunté por qué llevaban láseres, pancartas, plumones y cámaras si estaba prohibido, si te revisan en los puntos de entrada. “No había manera de quitarles las cosas, si no son ellos, son los del SME o los Antorchistas”, dijo muy molesto. No llevaba impermeable y volvió a decir que él no quería estar ahí.

Una hora después, los dos policías recibían manotazos por parte de los manifestantes. Les gritaban en la cara, y ellos sólo ladeaban la suya. Empujaban a los jóvenes que se les abalanzaban, llamaban a refuerzos, pedían apoyo.

Cuando se acercaba la hora del Grito, los asistentes se aglomeraron en el frente. Las señoras criticaban a los jóvenes. Se enojaban. Los niños no veían al palco, sino a los manifestantes y a las peleas que no terminaban en nada. Siempre algún joven interrumpía pidiendo paz, pidiendo calma, gritando “¡No violencia!”

Un par de jóvenes atravesó el círculo que ya era más pequeño. Los veían de reojo, no tendrían más de 20 años. “Son rezagados que se quedaron sin estudiar, no tienen la inteligencia para pasar (aprobar los exámenes de admisión), ni el dinero”.

Justo cuando la lluvia estaba en su punto más fuerte, cuando Calderón recibía por última vez la bandera, los manifestantes volvieron a enfrentarse con los policías. El presidente se acercó al palco en compañía de su esposa, esta vez no estaban sus hijos, y su invitado especial, Peña Nieto, había rechazado la oferta. Calderón dio pasos largos, llegó al balcón. Vio, por última vez, la plaza del Zócalo llena. Frente a él había unas 80,000 personas, lo que se calcula que será el saldo total de muertos durante su sexenio, marcado por la estrategia contra el crimen organizado. El semanario Zeta aseguró que, hasta abril, ya eran más de 70,000.

El presidente repicó la campana, tomó la bandera y la ondeó desde el palco. Los láseres seguían en su cara. La tensión había disminuido un poco entre policías y manifestantes. Los jóvenes se tomaron de los brazos, hicieron una cadena humana gritando “¡Viva México, sin PRI!”, veían de frente a policías y al presidente –sin saber si éste los vería-. Atrás de ellos, una pantalla en la que Calderón ondeaba por última vez la bandera.

La bandera aún no terminaba de menearse y muchos asistentes ya daban la espalda a Calderón. La lluvia era demasiado fuerte. El Zócalo estaba inundado. Los charcos cubrían por completo los pies. El espectáculo de pirotecnia comenzó. Calderón acompañado por su esposa, mientras sus invitados se asomaban por las ventanas del palacio. Los cohetes perdían fuerza, brillaban, alumbraban pero no alcanzaban la altura acostumbrada. Casi nadie los veía. Huían. Algunos asistentes se detuvieron para reclamar a los jóvenes haber arruinado su festejo. Seguían su camino. Rápido. Todos desaparecieron, ya no había rastro de los de #YoSoy132, ni de los policías. Las coladeras tapadas por la basura empeoraron la inundación. La gente se cubría con bolsas de plástico, paraguas rotos, algunos con logos del PRI, chamarras.

Unas decenas de personas esperaron hasta el final. Miraron al presidente. Él se tomó el tiempo y se despidió, sonriente. “¡Adiós! ¡Adiós presidente!”. Agitaban sus manos.

Al final sólo quedó una brigada de hombres vestidos en amarillo. Armados con impermeables reflejantes y escobas. Formados esperaban la salida de todos. Listos para barrer los restos del último grito de Calderón.